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Crónicas de la Revo-ilusión

El dios piche

Y entonces, creó el piche a su imagen y semejanza. Así fue como el ímpetu creador del dios humano cubrió la tierra con el mismo piche sobre el que erigió su iglesia colmada de ladrillos de oro. Pero no pareciéndole esto suficiente, envió más piche por obra y gracia de la divina providencia, a divulgar la buena nueva. Una nueva era estaba por llegar, la era del piche, coronada por el nacimiento de las autopistas donde antes había caminos, y por puertos deportivos y comerciales que colmaron de asombro a los pescadores nativos. Y en esta bienaventuranza gloriosa, avanzaron los aeropuertos en los que vivían pájaros a motor capaces de silenciar a las aves más valientes con su ruido genuino. Todo se hacía con piche, de tal modo que el pegoste negro y resinoso alcanzó los altares hasta convertirse en algo superior a la propia omnipotencia del dios humano, que vio como el piche tomo conciencia de sí mismo y empezó a reproducirse sin control, pues era mucho el interés de algunas economías vegetativas fundamentalistas que habían serpenteado como enredaderas salvajes amenazando con desbordar los límites del propio piche. Se desplegaron por la selva, y empicharon ríos y montañas, que sucumbían junto a los animales que allí habitaban, ante su imparable avance. Enormes bolas semi sólidas navegaban por los océanos formando islas de piche contra las que chocaban los barcos y los pocos dioses humanos que aún se atrevían a nadar entre alquitranes y vertidos todopoderosos, salían vencidos cuando no muertos. Y fue entonces cuando el clima cambió y sus ciclos comenzaron a ser determinados por el piche inescrutable. Nadie sabía lo que hacer y las grandes naciones acordaron postrarse ante el piche y suplicar su clemencia. Y entonces ocurrió: el piche, infalible, creó al dios humano a su imagen y semejanza.

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