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Maldito despertador

Hoy, después de casi tres meses, vuelve la rutina escolar (¡por fin!, dirán algunos) y con ella las prisas matutinas para llegar a clase con puntualidad. Siempre hay quien lo lleva mejor que los demás. Algunas familias parecen comandos de operaciones especiales, con todos sus miembros perfectamente sincronizados. Pero no nos engañemos, la mayoría de hogares cuando más se acerca el momento de ir al colegio, se convierten en réplicas del camarote de los hermanos Marx.

Cuatro adolescentes regresan a las aulas.

Sea cual sea vuestro caso, es posible que el disparo de salida lo marque el despertador. O para ser precisos, la aplicación que el teléfono móvil tiene para programar las alarmas. Alguno de estos aparatos tiene la deferencia de llevar incorporado un efecto de pajaritos que pían, primero tímidamente y luego con más energía, y así intentar que el momento de abandonar la cama sea menos traumático.

Antes de este invento, lo habitual era tener un reloj sobre la mesita de noche que, con un efecto sonoro poco delicado (por calificarlo de alguna manera), te arrancaba de los brazos de Morfeo. Aunque en la época en la que la gente creía en el dios griego de los sueños no existían los despertadores...

Es cierto que todas las civilizaciones se han preocupado por medir el tiempo, y precisamente en excavaciones griegas se han encontrado unos mecanismos que funcionaban con agua llamados clepsidras, para saber qué hora era. Los romanos también tenían artilugios para este fin. Y en otras partes del mundo no eran menos. Árabes, chinos... y tantos otros también desarrollaron tecnologías con el mismo objetivo.

La diferencia con nuestra época es que entonces no eran de uso masivo. La humanidad se movía siguiendo el ritmo solar, lo que cambiaría definitivamente con el descubrimiento de la electricidad y la luz artificial. La noche ya no fue un impedimento. Además, los nuevos sistemas de organización productiva y social también requerían que todo siguiera un horario estricto. Las masías tenían relojes de sol en la fachada, pero las fábricas se regían con relojes para fichar.

La historia del despertador da pistas de esta transformación que vivió Occidente. Cabe decir que las primeras probaturas de sistemas mecanizados se pusieron en marcha durante la Edad Media en las ciudades de la península itálica, las más importantes de Europa por el comercio internacional.

Pero una cosa es saber la hora y la otra pautar el momento de levantarse. No fue hasta finales del siglo XVIII que se desarrollaron los primeros prototipos de despertadores domésticos. Por ejemplo, en 1787 un inventor residente en New Hampshire (EEUU) llamado Levi Hutchins creó un aparato que hacía sonar una campana a las cuatro de la madrugada, porque era la hora en que se levantaba cada día. Sin embargo, parece que no fue hasta en 1847 que se patentó, en Francia, el primer despertador.

A partir de ese momento la cosa ya no tuvo freno. Con la expansión de la revolución industrial, la aparición de las fábricas y el crecimiento urbano, regular el tiempo se convirtió en una necesidad ineludible. Las sirenas de las factorías asumieron la función de los viejos campanarios de pueblo.

Los despertadores pasaron a ser un elemento habitual en todas las casas y se fueron creando nuevos modelos. Durante la década de 1930, por ejemplo, en el Reino Unido ya se fabricaba uno que reproducía el sonido del mítico Big Ben de Londres; y 10 años más tarde se comenzó a desarrollar el radiodespertador.

Cabe decir que durante la Segunda Guerra Mundial, las empresas dedicadas a la producción de despertadores se reconvirtieron en fábricas para la industria militar. Duró poco. En 1944 retomaron la actividad habitual ya que los trabajadores llegaban tarde a las empresas.

Claro que en 1956 General Electric puso en el mercado un aparato con un mecanismo que parecía ideado por el mismo diablo: el snooze, es decir, aquel botoncito que se pulsa para detener la alarma durante unos minutos y así remolonear un ratito más. El problema es que el tiempo no se para y luego todo son prisas para no llegar tarde.

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