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Juan Pedro Rivero González

SANGRE DE DRAGO

Juan Pedro Rivero González

«La mala suerte»

¿Quién dijo que el 13 es un día peligroso y que encierra una misteriosa tendencia a la mala suerte? Si estás leyendo estas líneas, recuerda que lo haces el 13 y que, la suerte es, más o menos, parecida a la de ayer y, sin ánimo de pitoniso, me da a mí que más o menos como la de mañana.

El 13 de septiembre es víspera de la Fiesta del Cristo de La Laguna. Su extensión devocional lo convierte, sin duda, en una referencia tan autonómica como municipal. Este es el tercer año que la Pandemia condiciona la tradición y limita las fiestas de septiembre. Pero, a pesar de todo, el Cristo es el Cristo, y las fiestas son las fiestas.

Si se pudieran leer la lista de peticiones que se han hecho en estos quinientos años delante de esa imagen haciendo referencia a enfermedades públicas o privadas, veríamos la coherencia interna de estas fiestas, empapadas en súplicas y gratitudes entorno al misterio de la salud y la enfermedad, en este tiempo. Este año, quién duda de que vuelvan a volar, silenciosas y llenas de fervor, estas súplicas con el denominador común de la Covid-19.

Hace unos días un ciudadano lagunero que, como tantos otros, paseaba su perro por la calle con la botella de agua y detergente en la mano, permitió que el pequeño “can” levantara la patita justo en la esquina de la puerta de casa. No pude menos que invitarle a tener cuidado al respecto. Entre sus múltiples respuestas, algunas carentes de educación y el mínimo reconocimiento de que orinarle las puertas a los vecinos nos es la más cívica actitud, me dijo que era ateo. ¿Qué tendrá que ver ser ateo para permitir que tu perro le orine la puerta al cura? Pues eso, que la apertura a la trascendencia o no, para aquel señor, justifica sus principios de ciudadanía y respeto cívico,

Este año he decidido dedicarle a él mis súplicas ante el Cristo. Porque para la Pandemia de la Covid-19 tenemos ya las vacunas y los medios de protección. Pero hay otras infecciones sociales que aún no tienen vacuna y que deben ser sanadas desde dentro. Porque quien está contento, alegra su entorno, quien es feliz hace más feliz a los demás; pero quien está amargado, amarga a los demás derramando el ácido de la insolidaridad por donde pisa.

Y esas pandemias son muy peligrosas. No es cuestión de fe. Uno está acostumbrado a hablar y compartir foros y acciones con creyentes y no creyentes. La persona es anterior a su apertura al misterio. La dignidad de ser persona es previa a cualquier otra condición. Pero cuando hacemos ostentación de la mala educación y no tenemos la capacidad de reconocer lo bueno de lo malo, independientemente de la fe, hay un problema social que hay que poner en manos del todopoderoso.

La educación y el respeto son condiciones para la amistad social. Los lazos que no unen no pueden ser solo el documento nacional de identidad y el estar empadronado en un municipio concreto. Eso nos hace solo ciudadano. Pero, con todo lo importante de este hecho jurídico, ser persona es aún más relevante. Y eso depende de otro tipo de documentos. Esos que configuran la identidad y justifican nuestra inalienable dignidad. Estar atentos a no hacer daño y saber pedir disculpas del daño involuntario está en la base.

Comencé cuestionando el 13 como número de la mala suerte. No quiero que se cumpla ese dicho popular tan entre nuestros mayores que dice que “cuando uno está de malas, hasta los perros le mean”.

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