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Juan José Millás

Transustanciación

No es lo mismo vivir a secas que vivir para contarlo. Lean atentamente este verso de Louise Glück: “Viví para ver cómo te deshacías de mí”.

Brutal, ¿no? Le ha faltado añadir: “y para contarlo”, que es a los que nos dedicamos los escritores, a contarlo, y eso es lo que hizo por tanto Antonio Lucas: enrolarse como observador en un pesquero que faenaba en Gran Sol para ver cómo se deshacía de sí mismo (y para relatarlo). El resultado fue un conjunto de reportajes aparecidos en su periódico hace dos o tres años (una obra maestra) y que ahora ha transustanciado en una excelente novela titulada Buena mar. Los cristianos llaman transustanciación al misterio por el que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y en la sangre de Jesús por medio de la palabra del sacerdote. Viene bien este término a los recursos literarios por medio de los cuales un conjunto de signos impresos en un papel se transforma, para el lector, en realidad mental pura y dura.

Quienes mejor conocen este proceso milagroso son los poetas y Antonio Lucas lo es, de ahí que la lectura de Buena mar obligue al lector a embarcarse en el mismo arrastrero gallego en el que él se hizo a la mar y lo obligue a descender por la caja estrecha de una escalera húmeda hacia el camarote, por llamarlo de algún modo, que el personaje de la novela habría de ocupar durante el tiempo de la travesía. Más aún: lo obliga a subir de vez en cuando a cubierta para respirar el aire empapado en salitre y observar el horizonte tormentoso desde una memoria confusa por el vértigo físico y la turbación emocional.

Pocas veces fue tan cierto que leer con pasión una novela equivale a reescribirla. Es lo que hice yo durante las horas que viví dentro de ella: reescribirla línea a línea. Mías son las imágenes sobre la “madrugada inmóvil” o sobre el “estruendo desaforado de metales y maderas constante, terco”, de la nave. Yo me he mareado, he vomitado, he asistido a la evisceración de los enormes peces para ver luego caer sus cuerpos en la bodega húmeda en la que se conservarían hasta su llegada a puerto.

He asistido, en fin, a todos los movimientos exteriores, objetivables, dados, pero también al naufragio interno del protagonista porque me he transustanciado en él. He sido él y he sobrevivido a una experiencia lectora que necesitaba referir.

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