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MI REFLEXIÓN DEL DOMINGO

El Mesías tenía que padecer

Por el camino hacia las aldeas de Cesarea de Filipo, se realiza este domingo una triple revelación: Que Jesús es el Mesías, que el Mesías tenía que padecer y que todo el que quiera seguirle, tiene que tomar el mismo camino.

Jesucristo comienza por preguntarle a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? y luego: ¿Quién dicen los discípulos que es Él? Y Pedro le responde que Él es el Mesías. ¡Asombrosa respuesta! El Mesías: ¡Ese personaje que los judíos esperaban y en quién tenían puestas todas sus esperanzas es Jesús de Nazaret!

Lógico, que siguiendo el estilo de vida del Señor les “conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto”.

Y ahora viene otra sorprendente revelación: Que el Mesías tenía que padecer. Dice el evangelista que se lo “explicaba con toda claridad”.

Pero ¿quién podía entender, en todo Israel, que el Mesías tuviera que padecer? ¿El que venía a liberarles, según pensaban ellos, de la dominación de los romanos; el que iba a conducirles a un reino muy grande, jamás soñado, cómo iba a terminar condenado y ejecutado? Porque de lo de resucitar ellos no entendían nada.

Por tanto, es normal que Pedro se lo lleve aparte y se ponga a desaconsejarle todo aquello. Y Jesús se siente realmente tentado; y sabe que los demás discípulos piensan lo mismo. Por eso, de cara a los discípulos, dirige a Pedro unas palabras desconcertantes: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios”.

Y ya sabemos lo que pensamos los hombres y lo que piensa Dios:

Los hombres, ante todo, rehuimos no sólo la enfermedad y la muerte, sino también de todo tipo de sufrimiento y de sacrificio. ¿Cuánto nos cuesta afrontar el dolor, sobre todo, cuando es muy grande o muy prolongado? ¿Cuánto nos cuesta afrontar todo lo que lleve consigo sacrificio y esfuerzo? Y no sólo eso, sino que luchamos y nos esforzamos por vivir a tope y gozar lo más posible!

¿Y cómo piensa Dios?

El sufrimiento y la muerte nunca son para Dios el término de todo, nunca son fin en sí mismos sino que el sufrir es siempre camino, grano de trigo en el surco, paso, pascua. Dios no busca nunca hacernos sufrir porque sí o amargarnos la vida. Todo lo contrario: ¡Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad! No sólo en el alma sino también en el cuerpo; no sólo en la vida futura sino también en la presente, en la medida que esto es posible aquí. ¡Y si nos pide o nos exige algo, es para hacerlo posible! Como un grano de trigo. Para convertirse en una espiga preciosa, tiene que morir, ser enterrado en el surco.

Por todo ello, viene ahora la tercera revelación: Jesús llama a la gente y a sus discípulos y les dice: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

¡Estas son las condiciones de su seguimiento! ¡De ningún modo quiere engañarnos! En definitiva, se trata de ir por su mismo camino. Y añade: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará”.

¡Qué impresionante es todo esto!

Estas palabras del Señor las “ha traducido” el Vaticano II, diciendo: “El hombre jamás logrará alcanzar su plenitud, mientras no entregue su vida como un don, al servicio de los demás” (G. et Sp. 24).

Nos cuesta entender y aceptar que hemos recibido la vida para entregarla; no para quemarla en la hoguera de nuestro egoísmo. Y la entregamos por entero a un hombre, a una mujer o a los hermanos por el Reino de Dios.

Es lógico, por tanto, que, a los pocos días, Jesús se lleve a los tres predilectos a lo alto de una montaña, y se transfigure ante ellos. De este modo, entenderán, de algún modo, que “de acuerdo con la Ley y los Profetas, la pasión es el camino de la resurrección”.

¡Para el Señor y para cada uno de nosotros!

Son cosas para reflexionar estos días junto al Santísimo Cristo de La Laguna o, si no podemos, junto a alguna imagen de nuestra especial devoción o, si lo preferimos, junto algún cuadro donde se contemple a cualquier hombre o mujer, desgarrado por el sufrimiento y que constituye, como dice el Papa Francisco, “la carne de Cristo”, que sigue sufriendo y muriendo por nosotros y por todos.

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