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con la historia

El día que el ‘Guernica’ llegó a España

Cuando a las seis de la tarde del 9 de septiembre de 1981 el Moma de Nueva York despidió a los últimos visitantes del día y cerró sus puertas, los operarios ya estaban preparados. Les costó siete horas, pero finalmente, a la una de la madrugada ya habían conseguido descolgar y empaquetar uno de los cuadros más emblemáticos de la colección para cargarlo en un avión que cruzaría el Atlántico durante la noche. La mañana del día 10, el aparato aterrizaba en Barajas. Por primera vez en toda su historia, el Guernica de Picasso llegaba a territorio español.

Visitantes del Reina Sofía, ante el ‘Guernica’

El artista malagueño lo había pintado en 1937 para el pabellón que la Segunda República tenía en la Exposición Universal de París. Había encontrado inspiración en el horroroso bombardeo que había sufrido el pueblo vasco de Gernika. Murieron 126 civiles por un ataque perpetrado por aviones nazis que ayudaban a los golpistas de Franco a ganar la Guerra Civil. El bando rebelde intentó culpar a los republicanos de aquella atrocidad, pero gracias a los periodistas extranjeros el mundo pudo saber la verdad.

La gigantesca obra de Picasso causó un gran impacto entre los visitantes de la Exposición parisina y enseguida se convirtió en una alegoría contra el horror de las guerras. En 1939 la pintura se envió a EEUU, donde fue exhibida para recaudar fondos para los refugiados españoles que habían escapado de la represión franquista. Finalmente, al igual que otras obras del pintor, fue depositada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

En 1968 Franco quiso llevar el Guernica a España, pero Picasso se opuso rotundamente. Su cuadro no volvería al país hasta que se restableciera la democracia. Él no lo pudo ver porque murió en 1973. Dos años más tarde fallecía el dictador y una de las primeras cosas que se hizo durante la Transición fue contactar con el Moma, pero el museo y los herederos del pintor tenían dudas. Comprensible.

Aunque se han intentado edulcorar los primeros años posteriores a la dictadura, no era nada claro que los sectores más conservadores permitieran la instauración de un régimen democrático. La extrema derecha llevaba a cabo acciones violentas que inestabiliza

ban el camino, tanto o más que otros tipos de terrorismo como el de extrema izquierda o el de cierto independentismo vasco.

Para acabar de complicar las cosas, el 23 de febrero de 1981 tuvo lugar el archiconocido intento de golpe de Estado. Su fracaso sirvió para que la nueva monarquía, que en aquellos momentos no todos respetaban, fuera percibida como garantía para culminar la Transición democrática (con el paso del tiempo se ha visto que el 23-F estaba lleno de sombras, pero esto ya es otro tema).

Después de aquello, el país parecía que encarrilaba una nueva etapa y comenzaron los contactos diplomáticos entre Madrid y Washington para conseguir el traslado del Guernica. Se llegó a un acuerdo en julio y se preparó un importante dispositivo de seguridad. Todo el mundo era consciente de la trascendencia de aquella operación. La llegada del cuadro se convirtió en una verdadera operación de propaganda política para fortalecer la imagen internacional de España. El Gobierno, entonces presidido por Leopoldo Calvo-Sotelo, declaró que era el símbolo de la recuperación de las libertades democráticas y de la reconciliación entre todos los españoles. El ministro de Cultura, Íñigo Cavero, todavía fue más allá afirmando que «hoy regresa el último exiliado».

El público no pudo ver el cuadro hasta el 25 de octubre, cuando se expuso en el Casón del Buen Retiro para conmemorar el centenario del nacimiento de Picasso. Aunque el Gobierno se había llenado la boca con declaraciones grandilocuentes, no las tenía todas consigo y temía posibles atentados contra la obra de arte. Por eso la protegió con un cristal antibalas y los visitantes tenían que acceder a la muestra pasando por un arco detector de metales. En 1992 se colocó en el nuevo Museo Reina Sofía. Mientras tanto, desde Euskadi, se pidió llevarlo al nuevo Guggenheim (abierto en 1997), pero en Madrid se negaron argumentando que la obra era demasiado frágil. Quizás el hecho de que fuera la pieza estrella del Reina Sofía también tuvo alguna influencia.

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