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Alfonso González Jerez

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Alfonso González Jerez

Un fisco de piche

Ayer 16 playas de Tenerife estaban cerradas por la presencia de piche –en ningún caso espectacularmente abundante– en el mismo mar o en diversos puntos de la costa. Por supuesto algunos probos ciudadanos hicieron caso omiso de la prohibición y se metieron heroicamente en el agua. Llevamos así varios días y, por supuesto, ya no la alarma, sino cierto alarmismo, ha crecido entre la población y se ha virilizado en las redes sociales. La molestia e indignación se han alimentado, asimismo, por el silencio –tan espeso como el piche mismo– del Gobierno central y del Gobierno autonómico. El primero es competencialmente el más responsable, y por eso mismo es el que más callado está: ni una miserable nota de prensa que como hoja de parra cubra sus vergüenzas desinformativas. Anselmo Pestana, para variar, no coge el teléfono jamás, no lo vayan a trancar y sea un periodista con preguntas en el tocador. Lo cierto es que nadie ofrece una explicación, aunque circulan furiosamente fotos de la isla llena de ominosos puntos negros y los más concienciados habrán los innumerables vertidos ilegales que están a punto de provocarnos infecciones mortíferas mientras nos damos un baño.

No sé si recuerdan ustedes lo que se llamó, en el verano de 2017, la crisis de las microalgas (cianobacterias) que por cierto jamás condujo a cerrar 16 playas en Tenerife. Desde ciertos partidos y dirigentes políticos hasta determinados medios de comunicación se acusó directa y explícitamente al Gobierno regional y al Cabildo insular de esconder perversamente la “obvia” relación entre los vertidos ilegales al mar y las algas malolientes que aparecían a lo largo de la costa. Ni siquiera tras la publicación de informes de la Universidad de La Laguna que desmentían esa fantasiosa relación cesaron los grititos y las posturistas cuasiapocalípticas. Las microalgas desaparecieron, pero ahora ocurre algo parecido con el fuel. Lo que se vierte ilegalmente en Tenerife y en toda Canarias a través de emisarios submarinos autorizados o no –más de 120 millones de litros diarios- es mayoritariamente mierda, y ustedes disculpen el vulgarismo, si se recuerda el escasísimo peso económico que tiene en las islas el sector industrial y la inexistencia de extracciones mineras. Por lo demás, en este último año y medio más de nueve millones de turistas no han podido ni querido viajas hasta Canarias, por lo que muy probablemente los vertidos emitidos desde la aparición fulminante del coronavirus han sido mucho menores.

La tesis más extendida entre el Gobierno canario es que este piche –que en ningún lugar han aparecido manchas extensas en la superficie del mar- no tiene su origen en los emisarios submarinos, sino en los buques que se ahorran una pasta achicando el agua sucia, la grasa y el fuel de sus sentinas en alta mar. En el peor de los casos se podrían alejar doce millas, el límite de las aguas canarias, pero por supuesto que no se toman casi nunca tanta molestia. Si esta práctica se desarrolla en amplios periodos de calma chicha –que no es el estado habitual del CD Tenerife, sino una prolongada situación sin vientos– no es extraño de manchas de piche terminen ensuciando numerosos puntos de la costa. A mí lo que me maravilla, sinceramente, es lo mismo que lo que ocurría con las microalgas: recuerdo perfectamente hace veinte, treinta y cuarenta años algunas playas medio empichadas, pequeñas manchas oleaginosas en otras, callaos sucios por los hidrocarburos. Solía ocurrir en septiembre y octubre, al final del verano, y por eso mismo nos sacaba más de quicio. Por supuesto que esta hipótesis no es una coartada para mantener la actual situación de vertidos ilegales, pero conviene precisarlo – las autoridades están tardando en hacerlo – para que los pregoneros de una catástrofe ecológica instantánea no nos sigan martirizando. Claro que si Grande Marlaska y a Pestana no se inmutan con los cientos de migrantes muertos en la ruta hacia Canarias, ¿cómo les va a molestar un fisco de piche?

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