Fue tan grande su inteligencia como su sana ambición de crecer y hacer crecer a los suyos. Tuvo tanta fidelidad a su origen –un caserío humilde del entonces lejano Tijarafe– como al barrio capitalino –donde tuvo casa y aumentó su familia– y a su marido, curtido en los ingenios para lidiar con esfuerzo y solvencia los desafíos cotidianos. Matriarca de una saga numerosa –cinco hijos espaciados entre sí por ciclos de tres años, cada uno con sello propio– a los que unió íntimamente en todas las circunstancias y contra todos los vientos.

En la herencia elegida sin debate recogí las fotografías y las cartillas escolares, las gacetillas y primeros artículos recortados de un diario de ocho páginas donde aprendí hace tanto tiempo a vivir del aire; los libros dedicados que, con regocijo y nostalgia, devuelven títulos ausentes a mi bibliografía incompleta; diplomas y trofeos de concursos escolares y locales; las andanzas del Teatro Candilejas –con dos docenas de obras representadas de pueblo en pueblo y de fiesta en fiesta– retratadas por Diego Robles, Perera y los hermanos Ayut; las excursiones vecinales, en guaguas de la Exclusiva, al Refugio y LosTilos, al sur y al norte y, por supuesto, a los bailes de La Sabina, en el frío Mazo, cuando los carnavales estaban proscritos.

Entre los regalos que, tras su larga posesión, con sus señas, notas y olor, regresaron a mis manos, destaco una Biblia Ilustrada –la más lujosa del mercado en los años sesenta– que ella releía con agrado y unción, y una enciclopedia de frases célebres editada por Noguer, cabalmente ajustada a su afición refranera, que manejaba con regularidad para nuestra admiración y su mérito; y que le sirvió para poner en plano igualitario –porque «la verdad no tiene dueño», como decía– a los teólogos tridentinos y los escritores existencialistas, por citar sólo dos ejemplos antagónicos.

Ejerció el amor con holgura, razón y orden; la autoridad con talento y proyección de futuro y la largueza sin contrapartida; a sus hijas mayor y menor –Carmen, docente de digno y largo recorrido, y Rosario, médica competente y solícita– dedicó empeños no escritos que le exigieron un reciclaje variado, continuo y absorbente en formación y paciencia, tanto para facilitarles los estudios y seguirles en sus rendimientos como para prolongar y extender tales dedicaciones y cuidados a las nuevas generaciones.

Los intermedios –Ana, la lealtad cálida, sincera y crítica, y yo mismo– volamos pronto, sin perder nunca de vista el nido ni el contacto diario con la entrañable firmeza de la madre y la alegría torrencial del padre. Manolo, el primogénito, al que recordó y llamó hasta su último suspiro, fue desde la hora cero el guardián de las esencias y, hasta ahora, el ancla de nobleza y unidad de la familia.

Rompo la regla áurea, y no escrita, de los plumillas de no de hablar de sí mismos porque, entre los papeles revueltos, como señas y mensajes, encontré una historia general a partir de muchos testimonios. Tarjetas de boda y bautizo, de duelos y misas de salida, recordatorios de hechos comunes del barrio de San Sebastián –una larga cuesta con callejas paralelas que era, también, la prolongación de los mismos hogares, y una tribu con muchas cabezas y un código común, sensato y solidario– donde ejerció de costurera, peluquera, enfermera en primeros y últimos auxilios, todera de urgencia en las facetas más comunes y difíciles, y en todas las horas, para cualquier incidente de gozo aderezar a una novia vecina o a un niño por cristianar– y vecina ejemplar, amiga fiel, constante y consejera de palabra franca en una casa abierta y alegre todo el año.

Evoco su talento radiante, su honestidad sin fisura y su confianza entrañable, sin reservas y, a veces, traicionada, sin que pidiera cuentas por ello ni negara la indulgencia ante la falta y sus autores. Y me sorprendo y me consuelo con la lectura de sentencias y refranes, a medias entre propios y ajenos, y siempre oportunos; frases rotundas sobre el afecto en todas sus formas y el egoísmo de todos los colores, para la belleza sin mácula y todas las emociones limpias que provoca, pero también para la mentira desnuda o disfrazada que, muchas veces, admitió para no desnudar ni humillar al embustero/a; adagios para juzgar conductas y sancionar desvíos con justicia pero sin venganza; y para las actitudes firmes y valientes en las horas críticas que llegan para todos los mortales; lecciones breves que la hacen agrandarse, cada hora en la distancia y que le permitirán gozar eternamente en el sitio donde su fe y su bondad la han situado.

Encuentro los sencillos y sabios oráculos en las atiborradas cajas de galletas, entre dedales y ovillos de colores, alfileres y agujas prendidos en almohadillas, y estampas pías y propaganda variada. Están escritos sobre cualquier tipo de soporte, una receta médica o una cuartilla, con una oración o una recetade cocina; y las separo y ordeno según su tenor; algunas, pocas, tienen fecha o santoral: «5 de agosto, Las Nieves. Es imposible que quepa tanta devoción en una iglesia tan chica»; Día de Difuntos. «Tenemos que lograr que nuestro deseo de vivir tape las otras tentaciones»… y otras consejas que parecen ajustarse a situaciones mentales o reales: «Con una mentira se va muy lejos; con la misma mentira continuada ya nunca se regresa». En una arqueta desportillada, con el desorden que permite la sorpresa, guardo sus útiles y cachivaches, con la ilusión de que sus palabras, propias o adoptadas, iluminen, como hoy, los instantes oscuros.

Desde la pasión y la melancolía, hablo de mi madre, Socorro Abraham Rocha, cuya despedida en diciembre oscureció el protocolo de la pandemia y que, en otra dimensión, cumplió hoy, 18 de agosto, 99 años ejemplares.