En las calles que transito hay más mayores desenmascarados que jóvenes. Por las noches no lo sé. Los años van dando toques de queda. En el telediarios se ven los botellones en las playas con poca distancia y bastante intercambio pero también con más aire libre que gente. Las cifras de botelloneros disueltos son bajas en proporción a la población total, aunque puedan ser suficientes para la difusión del coronavirus.

Se diría que el orden sanitario está por encima del orden público, que la enfermedad influye más en la sociedad que algunas manifestaciones políticas no autorizadas. Pues no es así. Por alguna razón se considera peor la expresión del malestar que la extensión de la enfermedad, la propagación de las ideas que la de los virus.

No sugiero -porque se aceptaría peor el remedio que la enfermedad- la intervención de la policía contra los bebedores. Hay desafiantes garañones que defienden su copa como si fuera un arroyo, ante los que es imposible no preguntarse si hacen esto por la bebida ¿qué no harían por la comida? Pero ¿por qué se aplica el protocolo de disolución de grupos por motivos políticos más directa y contundentemente que por razones etílicas que perjudican seriamente la salud general?

Las medidas tomadas para contener esta pandemia -en la que tanto se ha invocado la libertad- tuvieron una aceptación casi total con mucha disuasión -militar y mediática, con el ejército por las calles los primeros días y los comandos de noticias asaltando las salas de las casas hasta hoy- y muy poca represión.

En el botellón coincide también la sociedad de libre mercado, que es más libre para el mercado que para otras cosas. Hay veces en las que apenas hay diferencia entre la terraza de un bar de copas y la arena de una playa de botellón, pero no es lo mismo beber al aire libre que beber libremente al aire. La recomendación «bebe con responsabilidad» hay que llevarla más allá de la ingesta porque ahora el beber social ataca a los pulmones (propios y ajenos) más que al hígado.