Cuando la palista vasca Maialen Chourraut ganó la medalla de plata en la especialidad de K1, los comentaristas insistieron en destacar que era una madre de 38 años. Es evidente que lo hicieron para acentuar la proeza que acababa de realizar la deportista de Lasarte, que ha subido al podio en las tres citas olímpicas donde ha participado. En cambio, nunca sabemos si los atletas masculinos son padres porque se supone que, en su caso, el hecho de tener hijos no tiene impacto directo en su carrera.

Es cierto que físicamente el proceso de gestación, parto y crianza afecta a las madres, pero esto solo es al principio porque luego los niños crecen y las mujeres, más allá de ser progenitoras, tienen muchos otros roles en la vida.

Tradicionalmente muchas deportistas se retiraban en el momento en que decidían quedarse embarazadas. Era el punto final de su trayectoria, porque parecía imposible que pudieran recuperar el nivel físico anterior. Por primera vez en la historia, en los JJOO de Tokio se está insistiendo que esto no tiene por qué ser así. La profesionalización del deporte femenino permite alargar la trayectoria de las atletas y reincorporarse una vez han dado a luz.

Aunque no se pueden echar las campanas al vuelo porque queda mucho camino por recorrer, al menos ahora se reconoce el esfuerzo que hacen para llevar a cabo su trabajo y nadie se atreve a poner en duda sus capacidades como madres, como sí le ocurrió a la neerlandesa Fanny Blankers-Koen.

Nacida en 1918, desde muy joven demostró interés por los deportes. Practicaba la natación, el tenis, el patinaje sobre hielo... Y con 16 años descubrió el atletismo. Aquello le cambió la vida. Enseguida demostró que había nacido para correr: en la tercera carrera de su vida hizo el récord de los Países Bajos de los 800 metros y, cuando tenía 18 años, ya fue olímpica. Participó en los Juegos de Berlín de 1936, consiguiendo dos quintos puestos, uno en salto de altura y el otro en los 4x100 relevos.

En 1938 obtuvo su primer gran triunfo. Con 20 años se colgó la medalla de bronce en el Campeonato Europeo de atletismo de París. Su carrera prometía pero la historia la frenó en seco porque la Segunda Guerra Mundial hizo imposible la celebración de los JJOO de 1940 y 1944.

En 1946, Fanny Blankers-Koen retomó la actividad atlética ante la sorpresa de todos. Hacía poco que se había casado con su entrenador (el atleta retirado Jan Blankers) y había tenido una niña, a quien pusieron Fanny Junior. Seis semanas después de haber dado a luz quiso participar en el Europeo de Oslo, donde ganó el oro en los 80 metros vallas. Hay que ser de una pasta especial para ponerse a correr y saltar cuando hace seis semanas que has dado a luz.

Huelga decir que a Fanny Blankers-Koen le llovieron las críticas de todas partes. Le decían que era demasiado mayor y que las madres tenían que cuidar de sus hijos, que competir no era para las señoras casadas... Incluso la llegaron a bautizar como el «ama de casa voladora», apodo que al final se transformó en el de «la neerlandesa voladora», porque dos años más tarde, en los JJOO de Londres de 1948, dejó a todo el mundo boquiabierto.

En la cita olímpica ganó cuatro medallas de oro: 100 metros, 200 metros, 80 metros vallas y 4 x 100 relevos. Y eso que tenía 30 años, una edad nada habitual para una velocista de la época. Cuando llegó a su país, como reconocimiento de aquel éxito le regalaron una bicicleta. Según dice la leyenda, su respuesta fue tan sencilla como el regalo: «Todo esto por correr solo unos cuantos metros».

Pero es que los había corrido más deprisa que nunca ninguna otra mujer. Estableció el récord del mundo de los 100 metros en 11.9 segundos, una marca que no fue superada hasta julio de 1988 por Florence Griffith.

Fanny Blankers-Koen continuó compitiendo hasta que tuvo 37 años. Se retiró en 1955. Murió en 2004 con la satisfacción de haber visto cómo cinco años antes la escogían la mejor atleta del siglo XX. En categoría masculina el galardón fue para Carl Lewis. El hijo del viento y la neerlandesa voladora. Dos mitos que merecen ser recordados al mismo nivel.