Japón se había rendido. Se declaraba oficialmente el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al grito de «¡la guerra ha terminado!», los neoyorquinos salieron a Time Square para celebrar el comienzo de la esperanza en un día soleado. Fue en ese momento cuando el icónico marinero agarró a la valiente enfermera para plantarle un apasionado beso que pasaría a la historia. Donde yo vivo la gente sigue besándose y abrazándose con la misma intensidad que antes, como si hubiéramos ganado la guerra, como si el monstruo hubiera capitulado antes de tiempo. Nos devora a fuego lento mientras seguimos cotizando el virus en comederos y bebederos abarrotados que algunos meseros inconscientes brindan para el deleite de los irresponsables. Nadie mira por nadie. La guerra continúa, incluso con más virulencia y decisión que hace unos meses. Son muchos los caídos en poco tiempo para cargarnos la ligera perspectiva de mejora con victorias inexistentes en botellones y fiestas privadas. Nuestra misión en este contexto de crisis mundial es complicada, no solo por la dificultad de formar a miles de ciudadanos en estrategia sanitaria contra el Covid, también por la propia naturaleza del problema. En el arte de la guerra cualquier mínimo detalle marca la diferencia; una coordenada inexacta y estamos perdidos. Tuvimos que pasar en el menor tiempo posible de una milicia de inexpertos a un contingente con capacidad para plantar cara a un indómito de dimensiones desconocidas, por supuesto secundado por otro enemigo íntimo: los negacionistas. Sin embargo, tenemos ya sentadas las bases de un batallón de combate que con responsabilidad y disciplina podrá derribar los muros casi infranqueables del virus: la vacuna, aquella pócima mágica que contrapronóstico creamos en menos de un año. Ahora estamos constantemente bajo el escrutinio público, porque lo que hagamos o dejemos de hacer tiene repercusiones inmediatas para todos. Ya no vale escondernos en el desconocimiento y en el «yo no pensé que fuera a pasar nada por celebrar mi cumpleaños o comer con los amigos». Que no haya serenidad para los irresponsables que ponen en jaque la salud del pueblo. Y cuando todo esto pase volveremos a besarnos cerrando los ojos, a llenar los bares y discotecas y a recuperar los abrazos que no nos dimos. Y cuando todo esto pase desbordaremos júbilo celebrando el final de una pesadilla tan lejana como el Oriente. Saldremos de los refugios reales e imaginarios en los que hemos vivido tantos meses, reanudando la vida a nuestro ritmo y recordando el antes para disfrutar el ahora. Y cuando todo esto pase, haremos un ejercicio de memoria para recordar a los héroes de nuestra sanidad pública y a todos los que quedaron en el camino para salvarnos de una epidemia que nadie conocía. Y cuando todo esto pase nos formaremos mejor frente a las emergencias sanitarias e invertiremos más en servicios públicos esenciales y en el suministro de bienes públicos globales. Porque como dijo una vez Allende, «mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». El mundo se enfrenta a un enemigo común; la guerra no ha terminado.

@luisfeblesc