Ya tenemos otra vez los Juegos Olímpicos, esta vez en Tokio y, por culpa de la pandemia, con un año de retraso. Y además sin espectadores en las gradas.

En París preparan ya los próximos, previstos para 2024, pero se ha producido un contratiempo en la construcción de la «aldea destinada a los medios», prevista en Seine-Saint-Denis.

La justicia paralizó las obras por la oposición de los vecinos, que rechazan el hormigonado de las tierras de ese departamento francés de la Isla de Francia, al noreste de la capital.

Cada olimpiada da lugar a obras faraónicas en la ciudad que la acoge, supone una total transformación del entorno y de la propia vida de los ciudadanos.

Así lo denuncia el francés Marc Perelman, arquitecto, sociólogo del deporte y autor de varias obras críticas del movimiento olímpico, que recuerda cómo en los últimos Juegos – los de Pekín (2008), Londres (2012) y Río (2016), se retiró de los terrenos destinados a las competiciones cuanto pudiera molestar (1).

«Se eliminaron viviendas vernáculas, redes viales ligadas a un modo de vida tradicional, y de hecho se expulsó a la población que vivía en esos lugares para construir allí estadios (digitalizados), piscinas y gimnasios y facilitar el acceso a los mismos a través de autopistas, intercambiadores, vías rápidas».

Ocurre además, critica Perelman, que algunas veces los equipamientos deportivos utilizados en los Juegos se transforman en ruinas como ocurrió con los de Atenas (2004).

Para los JJOO de Londres se destruyeron en el barrio de Stratford doscientos edificios para edificar el parque olímpico con «el interesado apoyo financiero» de Qatar.

Y frente al estadio olímpico se construyó el supermercado Westfield, el mayor de Europa, en un barrio nuevo «liberado de la plebe», mientras que en el East End le sacrificaron los huertos familiares.

Perelman señala, por otro lado, que los hechos se han encargado de desmentir la optimista teoría según la cual los Juegos Olímpicos de Pekín iban a acelerar la transformación democrática de la China comunista, que abriría sus prisiones y volvería más ecológicas las ciudades.

Ha ocurrido allí todo lo contrario: se ha intensificado la represión de los tibetanos y de las minorías como la uigur, se ha silenciado a disidentes y defensores de los derechos humanos y Pekín está cada vez más contaminada.

Perelman no se cree tampoco que los próximos Juegos Olímpicos de París, previstos para 2024, vayan a ser tan ecológicos como sostienen sus propagandistas porque se está ya asistiendo al hormigonado de los lugares previstos para su celebración.

«Si esos Juegos aceleran algo será más bien la reducción de los espacios verdes y la densificación del hábitat», denuncia el arquitecto, que ve ya cómo se desplazan millones de toneladas de tierra y el hormigón va inundándolo todo.

Y también cómo se han abierto nuevas vías desde Borgoña hasta Normandía para «alimentar de materiales los nuevos sitios de construcción o acoger los escombros».

No tiene tampoco sentido, dice, hablar de «ahorro de energía» cuando al mismo tiempo se pondrán en funcionamiento «enormes servidores muy energívoros».

«Si internet fuese un país, explica, sería el tercer mayor consumidor de energía del planeta, detrás de China y EEUU. Internet consume entre un 10 y un 15 por ciento de la electricidad mundial, y su consumo se duplicada cada cuatro años».

Perelman no cree que la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, que en un principio se oponía a los Juegos, sea realmente ecologista, sino que se ha aliado con los ecologistas para conquistar la alcaldía.

Éstos también rechazaron en un primer momento los JJOO, pero terminaron sumándose a su organización, como también lo han hecho los comunistas.

Perelman sostiene la tesis de que el deporte en general no es sólo «reflejo de la sociedad», sino algo más: se está convirtiendo en «modelo de una sociedad capitalista planetaria», que «transforma el conjunto de las relaciones humanas según una lógica y unos valores propios».