Según lo previsto, el Consejo de Ministros, Ministras y Ministres aprobará hoy los indultos para los nueve independentistas catalanes encarcelados. Pedro Sánchez ha impulsado esta decisión como un gesto para recuperar la concordia. Esa que han perdido los que le gritaban insultos en las ramblas de Barcelona. La que extraviaron los que durante décadas han proscrito el castellano en la enseñanza en Cataluña. La gran desconocida de generaciones de jóvenes educados en el sueño de la independencia, el orgullo nacional y la aversión a un Estado español que tiene oprimido al pueblo catalán. En justa reciprocidad a la oferta diálogo, varios líderes independentistas han contestado con una traca política apuntando a la línea de flotación constitucional. Para ellos el indulto es un “triunfo” del independentismo catalán y un intento del Estado español de “protegerse” ante el varapalo que va a recibir en breve de los tribunales de la Unión Europea, que condenará a la democracia española, capaz de tener presos políticos condenados por practicar la libertad de expresión. Para estos líderes, con el indulto no se acaba nada porque ”la lucha continúa y persistiremos”. Este es, pues, el escenario: una España crepuscular que tiende su mano al vacío y una apasionada e irreductible clase política, románticamente empeñada en la soberanía y la independencia. Un sentimiento que cada vez tiene más éxito y más apoyos entre la ciudadanía catalana. Paso a paso el Estado parece reducirse a un vetusto y decrépito artefacto jurídico mientras que la naciente república catalana se impulsa hasta el cielo de los sueños. No hace falta decir cuál de los dos es el mejor combustible social.