Philip Marlowe, el detective creado en 1934 por Raymond Chandler, bebía Gimlet. En ese icónico fotograma, Humphrey Bogart perdía la cabeza por Lauren Bacall en una mesa con mantel a cuadros. Unos años más tarde, Marilyn Monroe compaginaba la exquisitez de un buen Manhattan con el deseo irrefrenable de un músico de poca monta interpretado por el gran Tony Curtis. Todas las secuencias reflejaban el fracaso del abstemio, la dictadura de las bebidas espirituosas en el hedonismo de la magia hollywoodense. Qué pensarían los dos infartos de Scott Fitzgerald a causa de la ginebra cuando se enterasen que su bebida predilecta se elabora hoy en día sin alcohol. El paladar de Luis Buñuel ritualizando su Martini eterno mientras los bármanes modernos ofrecen el vermut light en los bares más sofisticados de la ciudad. Ese glamour ya no existe porque se acabó el homenaje a los cócteles infinitos. Antes, la receta de la inmortalidad residía en cuatro partes de ginebra, tres partes de vino Dubonnet tinto, un chorrito de angostura y una espiral de cáscara de limón, el clásico de la destilería de la Reina de Inglaterra. Ahora, el ritmo lo marcan las bebidas zero de todo. Ya no se hacen películas como antes, ni tampoco se demandan; da lo mismo una fanta que un buen San Francisco. Las cintas actuales son los nuevos batidos de proteínas y bebidas sin gas. Sin embargo, es cierto que el Old Fashioned y el Negroni son los pocos cócteles de siempre que han pasado la prueba del tiempo. Es el momento de asegurar que en la revolución de las ginebras de fresa o melón y los sacrilegios de rones reserva con refresco, emerge la figura liderada por los mixólogos, una nueva generación de bartender que mezcla sabores, texturas, colores y aromas y que innova detrás de la barra. Ante un panorama tan desolador, los únicos garantes de la estabilidad tradicional llevan el nombre de Marlon Brando y Al Pacino, pero su vuelta parece un poco difícil. Los mafiosos italoamericanos de Coppola no permitirían tal afrenta, tampoco los camareros que servían con talento inigualable el Champagne Cocktail a Victor Lazlo y el Capitán Renault. Y entretanto, la otra pandemia llega con la moda del Escorpión, que entre sus ingredientes están el ron, brandy, triplesec y zumo de naranja; el Long Island Iced Tea con vodka, gin, tequila, ron y coca-cola; o el Red Bull con Vodka, que son la vanguardia de algunos bármanes que contaminan las barras de los pubs y coctelerías de nuestras ciudades evocando un pasado irrepetible. Son los gurús de la psicología espirituosa los que avalan estudios que determinan la personalidad según el tipo de bebida alcohólica que consumas. Si eres amante del vino tendrás que saber que posees las cualidades de la atención y el detalle, y demostrarás gran interés en los viajes, el arte y la cultura en general. En cambio, si tu predilección es el tequila, serás extrovertido, fiestero, comunicativo y simpático. El whisky se antoja como la bebida distinguida de las personas más serias, calmas y sabias. Sugiere una personalidad contemplativa y racional. El gin tonic, típico de personas más tímidas e introvertidas que necesitan algún estímulo adicional para soltarse y sociabilizar, y si se bebe en exceso puede sacar a la luz incluso rasgos de personalidad sorprendentes y ocultos. Y en el último lugar de esta cadena de despropósitos, el vodka aparece asociado a lo impulsivo y espontáneo. Una bebida adecuada para personas que no les tienen miedo a las consecuencias y viven la vida a tope. Sin duda, tonterías propias de la ingesta desmedida de bebidas alcohólicas de garrafón. Y como dicen que dijo una vez Charles Darwin: “Un mono americano, después de emborracharse con brandy, no volverá a beber un vaso de eso en su vida. Y eso lo hace mucho más inteligente que la mayoría de los hombres”. Al fin y al cabo, la clave está en el factor ginebra.