Hoy siento vergüenza al escribir. Lo entenderán si les digo que acabo de escuchar una entrevista hecha al genial Jorge Luis Borges por Joaquín Soler Serrano para TVE en el programa A fondo. Se trata de una entrevista realizada en 1980, poco después de que le hubieran concedido el Premio Cervantes, máxima distinción en lengua española al argentino más universal. En la entrevista, de una hora de duración, se aprecia a un Borges de 80 años que mantiene intactos el humor y la lucidez y que junto a Soler Serrano repasa algunos de sus grandes textos, como nos comentan al pie los créditos del video de Youtube.

¡Qué distancia existe entre su escritura y esta que ustedes leen ahora! Dios ha concedido un talento extraordinario a unas cuantas personas y a las demás nos concede la suerte de reconocer nuestros desproporcionados intentos.

Sus 80 años recién cumplidos entonces, que para nosotros fue hace ya 42 años, los definía Borges como una tremenda loza. Y con un gesto cargado de humor sugirió que sería mejor contarlos con el nombre que le dan los franceses a esa edad «cuatro veinte». Siempre será preferible cumplir cuatro veces veinte que cumplir ochenta. El tiempo es irreversible.

El paso de la edad nos ofrece perspectivas insospechadas en otro tiempo. Nos ofrece una mirada nueva de la realidad y, no pocas veces, nos desespera, porque viene acompañada de limitaciones inherentes. Pero la entrevista me ha dado la ocasión de rebuscar las grietas optimistas que tienen los años cumplidos y la vida gastada. Escuchar a un anciano sabio nos anima a aprovechar el momento que vivimos para no malgastarlo inútilmente. Porque los años no gastados son como las noches dormidas que solo nos regalan la riqueza del descanso.

¡Cuántas rabietas inútiles tiñen la existencia de pérdida de tiempo! La cabeza no debe malgastar su espacio en revolver aquellas escenas irremediables y aquellos problemas irresolubles. Necesita espacio para seguir viviendo con la utilidad de gastarse en lo que la vida es. Mirar alrededor en busca de sentido y alcanzar la dicha de morir feliz. Porque la sabiduría verdadera grita su deseo de morir feliz.

Los 80 años son la edad de la humildad. Mejor; es la edad para reconocer con evidencia que la humildad es el color de los años felices. He escuchado a un humilde hombre que no se reconoce en el Borges que han creado sus lectores y que pide que lean a otros que son quienes han llenado su vida con sus extraordinarios libros. No sería bueno esperar a llegar a viejo para comprender esta evidencia tan grande.

No hace muchos días mantuve también una conversación con una señora mayor, herida de dolores de toda índole. Me decía que apenas podía salir de casa y que la mayor parte del día estaba sola. De todo lo que decía me sobrecogió que dijera que se sentía dichosa y que era feliz a pesar de su mochila cargada de años. «Estoy agradecida por la vida que he tenido. Si volviera a empezar elegiría esta vida». Me asustó escucharla porque en la mayoría de mis conversaciones no se definen de este modo las biografías, marcadas tantas veces por la culpa o los desconsuelos. Pero mirar atrás y sentir la dicha de morir feliz es maravilloso.

¿Qué he aprendido esta semana? La importancia de dialogar, escuchar, dejarme interpelar por las personas mayores. Hay sabidurías que no se encuentran en los libros.