Un sociobarómetro puede ser un instrumento útil para un mayor autoconocimiento de cualquier sociedad a través de programas sistemáticos de encuestas y sondeos. Sin embargo, como recurso organizado al servicio de las administraciones públicas pocas de estas instituciones han escapado de las críticas o de las sospechas de manipulación política. No es baladí que el más sólido, el Euskobarómetro, se pusiera en marcha en 1995, con la bendición simultánea del PNV y el PSE-PSOE, los dos grandes partidos del País Vasco, que entonces compartían el gobierno autonómico bajo la presidencia de José Antonio Ardanza. Como se trata de instrumentar un servicio público neutral no hubiera estado de más que el actual Ejecutivo canario hubiera brindado a la oposición cierta participación en el proyecto y, sobre todo, en su modelo organizativo y operativo. También se antoja ligeramente sorprendente que el sociobarómetro canario se externalice (parcialmente) a la UNED, en lugar de apostar sin ambigüedad por las universidades de La Laguna y Las Palmas de Gran Canaria, por no hablar de la falta de precisión en materia como la transferencia de conocimiento. Cabe imaginar que la situación puede mejorar en el futuro y que no dependerán indefinidamente de la confianza de ciertos políticos en ciertos científicos.

Por supuesto, lo que más ha llamado la atención del sociobarómetro es su sondeo electoral. Mientras los socialistas jaleaban los porcentajes como una aprobación a la gestión sanitaria, económica y social del Gobierno de Ángel Víctor Torres la oposición ironizaba sobre el entusiasmo por el presidente por parte de un país al borde de la ruina. Y en realidad no es incompatible en absoluto. Los isleños –se puede detectar en el cualitativo –sufren esta crisis desde la desazón y la desesperanza, desde la irritación, el cansancio y el pesimismo. Los socialistas repetirían su clara victoria de mayo de 2019, simplemente, porque los electores perciben que no existe una alternativa verosímil, atractiva, definida, con capacidad para asumir la espantosa situación actual y abrir nuevas expectativas. Aunque el desempleo se desborde, cierren más empresas, no terminen de llegar los subsidios y los millones de ayudas e inversión sigan siendo palabras. Pese a todo eso el PSOE tendría un respaldo mayoritario, tal vez no porque lo haga maravillosamente, sino porque el maltrecho elector sospecha que nadie haría algo sustancialmente diferente.

Para la oposición, y singularmente para su partido más importante, Coalición Canaria, la peor noticia no está en los porcentajes de voto de los partidos de izquierda que integran esa recia cursilería llamada el pacto de las flores sino, precisamente, en la combinación entre el cuantitativo (datos) y el cualitativo (percepciones y expectativas) de la encuesta del sociobarómetro. La gente se lame las heridas abiertas del presente y no atisba luz en el futuro inmediato, y sin embargo, confiaría de nuevo, aun a lomos del cansancio, en la fórmula de gobierno de Ángel Víctor Torres. Porque eso significa, sencillamente, que al cabo de más de año y medio de perder el poder – no solo en la comunidad autónoma, sino en los cabildos insulares y la gran mayoría de los ayuntamientos –CC no se identifica como una alternativa. La posición estratégica de los coalicioneros, bajo el liderazgo de Fernando Clavijo y con José Miguel Barragán al frente del grupo parlamentario– que ha consistido en una actitud de colaboración estable, en la moderación retórica y en el diálogo desde el respeto institucional no parece que haya asombrado al electorado: ni siquiera al suyo. Quizás los ciudadanos canarios desean una alternativa nítida y con ideas propias. Quizás algunos confunden la lealtad con la comodidad ajena y, sobre todo, con la propia.