Si nuestros tatarabuelos volvieran para darse un paseo cardiosaludable perderían su buen nivel de pulsaciones, al parase un ratito a mirar a muchos padres que van tan atentos con sus hijos, y sin la madre al lado... No entenderían de pronto que en los últimos 70 años se ha modificado profundamente “la naturaleza fija” de aquel ser padre de antes.

Pero sus cerebros rejuvenecerían al ponerse a pensar, preguntar y… comprender finalmente que el rol de paternidad ha caminado en paralelo a los tiempos, al ser un papel familiar que se construye bio-culturalmente, y no biológicamente como en los animalitos, y que ahora se celebraría más desde su gran pluralidad de modelos (Día de los padres). Y esas nuevas conexiones cerebrales se les multiplicarían al enterarse de que hay ahora un permiso de paternidad que dura 16 semanas…, y ponerse ellos a adivinar si es aquella cosa antigua de los zorroclocos. Y, además, sorprenderse de que la hormona del amor y la felicidad, la oxitocina, puede incrementarse en esos padres que cuidan antes y mejor.

La paternidad es un rol familiar que no deja de actualizarse, también entre aportaciones científicas y culturales. En un trabajo de dos pediatras italianos en los primeros meses de la pandemia, el doctor Lista y la doctora Bresesti se planteaban si no se estaría danto ya un retroceso en ese rol de paternidad con los confinamientos, con los avances conseguidos en la promoción y participación conjunta de ambos progenitores desde la etapa más temprana del embarazo, y que el Covid-19 estaría desuniendo ese proceso de acompañamiento y apoyo emocional conjunto, sumándole el estrés de padre y el de la madre en ese periodo perinatal, tan sensible y vital para el vínculo de apego presente y futuro del bebé.

Otros trabajos más recientes sobre paternidad positiva recogen que en este periodo de pandemia se ha incrementado el tiempo compartido junto a sus hijos de distintas edades, favoreciendo la relación y entendiéndoles más que antes, y también aliviando la permanente carga laboral y familiar de las madres. En este último tema, otro estudio ha encontrado que los padres tienden a sobreestimar la cantidad de sus tareas compartidas en comparación a las madres. Sí parece unánime la idea de que no debería perderse la calidad ganada en el rol de paternidad cuando pase esta pandemia.

Sobre los roles familiares y el cine, nos siguen llegando grandes aportaciones de la cultura de Extremo Oriente, como aquella película coreana Sang Woo y su abuela, imprescindible como recurso pedagógico mundial. En el caso presente, con la recién estrenada Minari (2020) del director coreano-americano Lee-Issac Chung que presenta a una familia tradicional, y en la que destaca el rol optimista del padre que cree en un proyecto de progreso conjunto en un contexto rural, aunque no muy compartido, y lo afronta con resiliencia como la naturaleza de esa planta comestible que le da título a la película.

Hablando de paternidades, también de cine, y sobre un argumento, pero de maternidad prenatal y perinatal sin el padre biológico, destacar una obra de arte especial como la película Baby (2020) de Juanma Bajo Ulloa; un cuento fantástico para adultos, ignorado (¿inexplicablemente?), en cuanto a más nominaciones y algún premio, en la última gala de los Goya. ¡¡Juanma, aurrera!!