En Cataluña ha ganado por mayoría absoluta la gente que decidió quedarse en su casa y no votar. La gente hastiada de esta política de mediocridad e intransigencia. La gente con miedo a contagiarse del coronavirus, atónita porque después de ordenarles mantener el confinamiento y la distancia social les dicen que vayan a votar. Esa buena gente que, tal vez, ha llegado a la conclusión de que esto no tiene remedio y que pase lo que tenga que pasar.

Y lo que pasó es que ganó la independencia. Otra vez y con más diputados. A pesar de que algunos destacan el espectacular resultado de Salvador Illa, que duplicó los resultados del PSOE y consiguió el mayor número de votos, el bloque soberanista puede permitirse redefinir de nuevo su hoja de ruta para la ruptura con el Estado español, alimentados por la engañosa fuerza del resultado electoral de estas extrañas elecciones de la pandemia.

Si uno es lo suficientemente tonto podría llegar a creerse que existe un “pacto secreto” entre el PSOE y Esquerra Republicana de Cataluña para que los unos apoyen a los otros a costo cero. A ERC le saldría mucho más barato, en términos de poder, tejer una alianza con los socialistas en vez de cogobernar con la muchachada de Junts y las CUP. Sánchez da menos problemas que Puigdemont. Pero ese análisis solo se puede hacer en la geopolítica española, donde la ideología es mucho más importante que la ética. Esquerra tiene un proyecto de soberanía nacional. Uno que comparte con la derecha independentista de Junts y con la extrema izquierda de las CUP. Es verdad que son competencia electoral entre sí, pero están unidos por un sólido pegamento, que es el camino hacia la independencia y la constitución de la república catalana.

Oriol Junqueras, el encarcelado líder de ERC, ha dejado entrever su opinión de que la vía de la declaración unilateral no es el camino adecuado. O lo que es lo mismo, que aquel conflictivo referéndum y la fugaz declaración de la república –que duró apenas un par de segundos– no lleva a ningún sitio que no sea el talego. Para que el fruto de la independencia madure es necesario debilitar al Estado desde dentro. Que es a lo que estamos. El Gobierno de España se sostiene hoy gracias al apoyo de partidos catalanes y vascos que defienden la ruptura con el Estado. Eso no solo implica conseguir más fondos públicos, más inversiones y más transferencias. Abre una ventana de oportunidad para lograr, con el acercamiento de Podemos, ablandar aún más la idea de esta España modelada en la transición y ahora puesta en cuestión por los cuatro costados. Porque no es plena; con un emérito que tomó las de Villadiego, unos políticos en el exilio republicano y una Presidencia cautiva y desarmada.

Las otras noticias electorales, a saber, la anunciada desaparición paulatina de Ciudadanos y el palo de la extrema derecha de Vox al PP, son asuntos menores. Cataluña coge aire para un nuevo asalto al viejo sueño.

Y de repente, un conflicto

El destino escribe derecho con renglones torcidos, dice el refrán. Y a veces hay planes que parecen sencillos, pero que repentinamente se complican. La candidatura de Santiago Pérez para ocupar plaza de senador por designación autonómica, tras su readmisión en el partido con el aplauso de sus viejos compañeros tinerfeños, parecía algo hecho y sin problema. Pero ha surgido una piedra en el camino. Y no es un tonique cualquiera. El secretario insular de Fuerteventura y cadavérico presidente del Cabildo, Blas Acosta, quiere volar lejos de Canarias. Le acusan de lo mismo que a Santiago Pérez, que quiere ir al Senado para estar aforado y lejos de los juzgados de Canarias (aunque su situación judicial es mucho peor que la del lagunero) porque... ya se sabe, pueblo chico, infierno grande. Acosta dijo primero que no aspiraba al Senado, pero se lo ha pensado mejor. Ahora afirma que hay seis islas que le apoyan y que solo Tenerife respalda la candidatura de Santiago Pérez. Y que ya se verá en la ejecutiva regional, donde se va a debatir el asunto. De momento va calentando el ambiente con declaraciones como esta: “Volver al PSOE como ha hecho Santiago Pérez, para utilizar un acta de senador, me parece un poco chirriante. No lo veo razonable”. Lo que iba a ser un nombramiento por aclamación se va a transformar en una dura batalla de consecuencias imprevisibles. ¿Aceptarán los líderes de Tenerife que les peguen un revolcón de esa magnitud? Acabe como acabe, el asunto va a dejar más heridas profundas en un partido donde ya hay demasiadas cuchilladas.