Podría decirse que las elecciones catalanes no han arreglado nada: las diferencias –algunas de ellas declaradas insalvables– entre los tres partidos abiertamente independentistas –ERC, JxCat y la CUP– no permiten aventurar la formación de un Gobierno secesionista de mayoría estable, pero tampoco se perfila como posible un acuerdo por la izquierda entre el partido ganador de las elecciones –el PSC–, los indepes de ERC y la gente de En Comú Podem. A pesar de las prisas de los republicanos por colocar a Pere Aragonés como presidente de la Generalidad, parece poco probable que haya Gobierno en unos días, y –si lo hay– que llegue a ser un Gobierno estable.

Frente a la preocupación nacional –consternación en algunos casos– por los resultados, los partidos han reaccionado montando el sarao de siempre, con un guirigay de declaraciones ruidosas, en las que el interés general que parecía inspirarles durante la campaña ha desaparecido completamente de la ecuación. Lo que queda es un ruidoso palimpsesto de declaraciones superpuestas, en las que Esquerra aprieta para cerrar un acuerdo de Gobierno independentista, mientras Junts se declara incompatible con las CUP y En Comú Podem, y el partido de Ada Colau asegura que no gobernará con Junts y pide a ERC explorar las posibilidades de un Gobierno de Izquierda con el PSC de Illa. Que insiste –Illa– en ser presidente –para eso ganó las elecciones–, aunque es incapaz de explicar de dónde sacará en el Parlament los votos que necesita para consolidar una mayoría (o al menos una minoría que le permita gobernar).

Eso por lo que se refiere a los partidos en Cataluña, que en Madrid tres cuartos de lo mismo: mientras en Ciudadanos se instalan en el ridículo devorándose entre ellos, y en el PP se esconden, desde el entorno de Sánchez se asegura que los resultados demuestran la inteligencia política de la operación Illa, que habría devuelto al PSOE la preponderancia política en Cataluña. Craso error. Lo que ha devuelto es la certeza de que el independentismo gana peso elección tras elección. El voto declaradamente constitucional se ha reducido a menos de un tercio de las papeletas introducidas en urna, frente al voto independentista, que se sitúa sólo a un punto de ser ya la mitad del sufragio expresado.

El PSC lo tiene difícil: una cosa es ganar (Ciudadanos ganó en las anteriores elecciones y en estas se ha dado un batacazo morrocotudo, traspasando su voto al PSC y a Vox, por cierto) y otra muy distinta poder gobernar. Poder hacerlo sin someterse a la agenda secesionista de ERC. En cuanto a lo de alegrarse de la catástrofe política del PP, el empuje de Vox en Cataluña debería hacer que en el PSOE pusieran las barbas a remojar. Sánchez está encantado de ver cómo se hunde la derecha moderada, aunque eso dé alas a la ultraderecha. Es una apuesta de corto recorrido: si Cataluña –una región con fuerte peso de la izquierda– se radicaliza hasta hacer votantes de Vox a sus electores de derechas, en el PSOE deberían estar bastante preocupados de que algo así pueda comenzar a ocurrir en el resto de España. Y no lo están, están contentos: es la misma alegría que sentía el socialismo francés cuando el viejo Le Pen fraccionó a la derecha. Hoy el PSF no existe, y en Francia sólo se enfrentarán en los próximos lustros dos versiones –una moderada y otra radical– de la antigua derecha, mientras la izquierda no radical ha desaparecido del mapa.