Estos días en los que diversos laboratorios de todo el mundo tratan de obtener los mayores beneficios para sus accionistas de las vacunas que han desarrollado contra el Covid-19 deberíamos recordar al inventor de la vacunación.

Fue este un médico inglés llamado Edward Jenner (1749-1823), quien se percató en 1796 de que las mujeres que se dedicaban a ordeñar vacas y se infectaban con la variante bovina de la viruela desarrollaban luego inmunidad frente a esa enfermedad cuando atacaba a las personas.

A Jenner se le ocurrió entonces inyectar a un muchacho de ocho años materia procedente de una pústula de una joven ordeñadora para, seis semanas después, inocularle el pus de la viruela.

El muchacho no desarrolló los síntomas de la enfermedad, lo que llevó a Jenner a repetir su exitoso experimento con otras personas, en su mayoría niños y jóvenes.

A diferencia de lo que vemos que ocurre hoy, cuando la medicina se ha convertido para algunos en un suculento negocio, aquel médico inglés renunció generosamente a patentar su invento para no encarecer el tratamiento que había desarrollado.

Su fama se extendió por el continente europeo hasta el punto de que el propio Napoleón Bonaparte mandó vacunar a sus soldados y concedió a Jenner en 1804 una condecoración pese a que a su país se encontraba entonces en guerra con Inglaterra.

El tercer presidente de EEUU, Thomas Jefferson, reconoció el mérito de aquel médico rural británico al afirmar que nunca había registrado el mundo de la medicina “un avance de tanta utilidad”.

Hubo eso sí ya entonces escépticos como muchos hombres de Iglesia, pero también el gran filósofo de la Ilustración, el alemán Immanuel Kant, quien afirmó que la viruela y las guerras las había inventado la providencia para evitar la sobrepoblación de los Estados.

Hubo también un famoso científico que no pareció totalmente convencido de aquella práctica consistente en vacunar a las personas con un agente patógeno procedente de un animal: el holandés Jan Ingenhousz (1733-1799).

Llamado a la corte de la emperatriz austriaca Maria Teresa, ese filósofo, biólogo y químico, que ha pasado a la historia de la ciencia sobre todo como descubridor de la fotosíntesis en las plantas, recurrió a una práctica anterior a la desarrollada por Jenner: la llamada variolación.

Ésta consistía en hacer una pequeña incisión en la piel del individuo y ponerle allí pequeñas cantidades del virus vivo procedente de las costras que había dejado la viruela en otro infectado de forma leve, algo parecido a una prueba cutánea para alergias.

Ingenhousz logró curar así a un familiar de la emperatriz, que le recompensó nombrándole médico de la corte austriaca, cargo que ejerció durante más de diez años antes de viajar a Londres, donde se dedicaría al estudio del oxígeno producido por las plantas en presencia de la luz.

El método de vacunación desarrollado por Jenner – la etimología de esa palabra viene de la latina “vacca” con la que se designa a ese animal- iba a seguir topando con escépticos en los siglos siguientes.

Tanto en el Reino Unido como en Alemania y Estados Unidos surgieron movimientos de protesta contra ese tipo de prácticas que impidieron que, tras el éxito inicial, se lograran mayores progresos en la lucha contra la viruela.

En Alemania, tras la muerte de más de un tercio de los 400.000 infectados durante la epidemia de viruela que golpeó al país entre 1870 y 1873, las autoridades decretaron la vacunación obligatoria de todos los niños.

Ello no disuadió a los escépticos, que publicaron una revista de pseudocientífica llamada Der Impfgegner (El que se opone a las vacunas), que apareció más o menos mensualmente hasta la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933.

Entre los escépticos más famosos destaca el filósofo alemán Eugen Dühring, quien en un libro claramente antisemita titulado La Cuestión Judía se refirió a la vacunación como una conspiración de los médicos judíos para enriquecerse y contaminar “la sangre germana”.

Algo que parece un antecedente de las más disparatadas teorías conspiratorias actuales que acusan, entre otros, al fundador de Microsoft, Bill Gates, de querer implantar microchips en todos nuestros cuerpos o a las elites globales de intentar con las vacunas despoblar al planeta.