Canarias superó este pasado domingo los 500 fallecidos por Covid –ocho más el domingo– y suma 274 infectados, dos más en Gran Canaria por cada uno de los que se producen en Tenerife, con cinco personas más ingresadas en UCI. La incidencia de contagios acumulada de las dos semanas pasadas se sitúa en 188 casos por cien mil habitantes, y la de una semana en 91 casos, duplicando Gran Canaria los de Tenerife, tanto en el cómputo de 14 como en el de 7 días. Lanzarote y La Graciosa han disparado sus datos, y la madrugada del sábado pasaron a nivel 4 ante la extensión de la enfermedad en ambas islas, con restricciones como limitar a dos personas los encuentros sociales o declarar el cese de las actividades desde las seis de la tarde.

A pesar de eso, Canarias es hoy la única región que aún se sitúa al margen del riesgo extremo de contagio, que Sanidad establece a partir de los 250 casos por cien mil habitantes. En el resto del país se vive una situación de enorme gravedad, bastante peor que la peor que vivió el país durante las dos primeras olas, y en un contexto muy distinto. Ya sabemos que el incremento no es solo fruto de la relajación provocada por las fiestas navideñas. Ahora lo que hay es una creciente probabilidad de que los contagios se disparen aún mucho más por la cepa británica. En los últimos días comienzan a alzarse voces que aseguran que entre el cinco y el diez de febrero la situación será de colapso generalizado en las UCI de la mitad de las regiones, y de un constante goteo de muertes, que podría obligar al confinamiento selectivo de más de las dos terceras partes de la población.

¿Exageración? No lo es: paralizada la entrega de vacunas, vivimos una quiebra absoluta de la unidad de mando, con conflictos entre partidos y administraciones, serias contradicciones en la gestión de esta crisis, y datos que alertan sobre la extrema gravedad de la enfermedad en España. Pero nos ocultamos unos a otros una verdad realmente incómoda y desgraciada. Nadie habla de ello, ocupados como estamos de responsabilizar a otro de lo que ocurre, pero España tiene hoy –tras Portugal– los índices de contagio más altos del planeta. Son superiores a los de Reino Unido y Estados Unidos, además de duplicar los de Francia, triplicar los de Italia y casi cuadruplicar los de Alemania. Con dos millones y medio de positivos, los contagios y muertes en España continúan su ascenso exponencial, cada vez con mayor presión hospitalaria. Algo se está haciendo muy mal en este país nuestro: no se puede responsabilizar a nadie por la desigual incidencia de la enfermedad en el planeta –de la misma manera que no se puede atribuir nadie que Canarias tenga datos mejores–, pero lo que a estas alturas resulta un verdadero escándalo es que los políticos sigan con sus juegos de prestigio y poder, no coordinen sus actuaciones y no adviertan a los ciudadanos de lo que está pasando y –sobre todo– de lo que va a ocurrir. Porque lo que va a suceder es que van infectarse centenares de miles de españoles y a morir miles de compatriotas en hospitales nuevamente saturados, y en residencias desatendidas, mientras el ministro de Sanidad anda ocupado en salir favorecido en la tele para arañar unos votos en Cataluña, o el de Derechos Sociales se centra en evitar que se maltrate verbalmente al exiliado Puigdemont.