Papa Noel me dejó A propósito de nada de Woody Allen y Quijote de Salman Rushdie, del que guardaba muy buen recuerdo por Los versos satánicos y otro, empecé este pero seguí con Allen. Es cuando caí en la cuenta que estaba ante dos perseguidos. En el caso de Woody Allen, aún peor, porque fue acusado injustamente de algo que no había cometido. A fin de cuentas Rushdie era “musulmán” y había escrito los versos satánicos, aunque la fetua dictada contra él fuera de una repugnancia infinita. Salman Rushdie aunque perseguido, relativamente por muy pocos, no por una sociedad, tuvo que buscar refugio finalmente en EE.UU. Woody Allen que es norteamericano ha visto cerradas todas las puertas profesionales y sociales, con estas últimas nos cuenta que ha salido beneficiado, no le piden escribir comentarios para contraportadas de libros, ni nada. El cerco es asfixiante: ni exhibir ni editar.

Allen mantuvo con diferentes mujeres relaciones sentimentales, trabajó con muchas bellas actrices y otras en cometidos de gestión. El único problema fue con una de ellas, con Mía Farrow, una mujer enloquecida, que recorría orfelinatos del mundo seleccionando adoptados, que en algún caso acabaron en suicidios adolescentes. Nunca convivieron. La supuesta violación de una de las hijas nunca pudo ser probada, sí las coacciones a sus hermanos para que mintiesen, en procedimientos en que intervinieron ejércitos de trabajadores sociales, psicólogos, jueces, fiscales, abogados, peritos, todo tipo de investigadores, periodistas, televisiones. Quien más decepcionó a Allen fue el New York Times: el sistema judicial ya no tiene la última palabra. Su vida se volvió transparente, como en esa geografía del puritanismo norteamericano y holandés donde las casas sin cortinas abren el ámbito más privado al escrutinio público. Y sin que finalmente apareciera el delito.

Lo que define a nuestra cultura epocal es el prestigio de las víctimas, presentes, presuntas, acreditadas, antiguas, futuras, descendientes, solidarias pero ¡víctimas siempre todas! Y en esa ebullición hierve Me-Too, como doble expresión de esta época y de un puritanismo muy americano: el calvinista. Es tal la incondicionalidad de la víctima que hasta un postulado tan antiguo y teológico cristiano como el libre albedrío (la víctima no lo tiene) queda definitivamente enterrado. Nacerán de entre las hogueras nuevos teólogos. No se trata de cuestión ideológica dada su sinrazón justiciera, sino de furia inquisitorial, como el senador Mc Carthy contra el Hollywood liberal, crítico y progresista, aquí al menos iban contra las ideas, que no ocurre con Me-Too: fuego purificador.

Woody Allen cree que para su rehabilitación solo Émile Zola hubiera podido hacerlo, con otro Yo acuso como en favor de Dreyfus.