Los signos de agotamiento de las democracias, su inequívoca decadencia, se aprecian en la banalización de sucesos relevantes que ponen en cuestión la fortaleza de las instituciones. No basta con condenar a Trump por ser el malvado de pelo naranja arengador de sus descerebrados acólitos, y cerrar el capítulo como si esto hubiese sido un mero accidente provocado por superhéroes frikis. Hay que preguntarse por qué ese presidente nefasto obtuvo millones de enardecidos votos, qué hay detrás de tanto odio y cómo es posible que, aún hoy, se siga comprando el discurso que desprecia y humilla a los que se atreven a llevarle la contraria. La respuesta hay que buscarla en el propio sistema y, más concretamente, en la complicidad del partido republicano. Trump es el producto de la precarización que ha sufrido la clase media blanca, del ensanchamiento de la desigualdad, y del consiguiente sentimiento de furia hacia las élites y lobbies que manejan el poder político y económico en EEUU. Reconocer un nuevo término llamado trumpismo, entender sus causas y consecuencias, es la asignatura pendiente para quienes aún ven ese fenómeno como una imagen deforme de la sociedad norteamericana, cuando lo cierto es que ese, llamémosle concepto, esta insertado en la psique individual y colectiva. El peor error que podemos cometer es minusvalorar a la internacional populista y sus múltiples manifestaciones políticas en toda Europa. La social democracia y el liberalismo son icebergs que presentan importantes grietas interiores, a veces imperceptibles en la superficie, y por esas venas abiertas discurre el descontento y el hartazgo que va horadando la estructura hasta terminar de quebrarla. Claro que esto no ocurre a la vista de las versiones oficiales sobre aquello que debería concernirnos. Si el sistema ha gestado al monstruo que lo destruirá, será porque no es digno de sobrevivir a él.

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