Estamos en ese momento de la película en el que el actor secundario judío, después de escudriñar fijamente la inmensidad del desierto, le dice a Moisés: “jefe, vamos a tragar más polvo que el reparto de una película porno”. La tierra prometida del final de esta crisis, o sea, la salida de esta trampa perfecta en la que estamos metidos, está todavía muy lejos en el tiempo.

Este año pasado, que hemos malvivido, ha sido el peor en la historia del turismo y ha devuelto al sector a cifras de hace treinta años. Las compañías aéreas han entrado en barrena, las grandes cadenas hoteleras han perdido centenares de millones y se han replegado sobre sí mismas y el sector de la restauración y el ocio es un cementerio donde cada mañana aparece cavada una nueva tumba. En Canarias hemos perdido más de diez mil millones de facturación y la caída del PIB de las islas –en breve la conoceremos– estará en torno al 20%. Y detrás del turismo se están yendo actividades como la agricultura y la industria, que suministraban bienes de consumo a la única actividad floreciente de nuestra asirocada tierra.

Las crisis, como las sequías, siempre pasan. Y sobre el paisaje de la destrucción vuelve a crecer la hierba. Pero ese no es ningún consuelo para las flores que se secaron por el camino. En un escenario bastante realista, Canarias no va a recuperar su principal actividad económica hasta finales de este año que empezamos a trepar. Y es a partir de ahora cuando va a incrementarse el número de víctimas. ¿No hay nadie que se lo diga al profeta que nos conduce por este desierto?

Durante todo el año pasado, las arengas a la gente desfondada, prometieron que el final de la pesadilla estaba cerca. Era mentira. Los esforzados optimistas se equivocaron y los pesimistas teníamos razón. Y, desgraciadamente, volveremos a tenerla en este año. La vacunación es un largo proceso que llevará muchos meses. Y solo después de haber doblegado al virus volverá a funcionar, poco a poco, una economía que tendrá que recuperarse de los daños causados por el virus y por el Brexit.

Ya no se puede seguir funcionando con mentiras. O con falsas esperanzas. El Gobierno español ha acudido al rescate de grandes empresas en grave riesgo, como Air Europa. Y ha creado un fondo de diez mil millones de euros para inyectar dinero, a través de la SEPI, en empresas como las de la industria del automóvil, al borde del colapso. No es nada que no estén haciendo otros gobiernos como el alemán, que ha rescatado a TUI o a Lufthansa con miles de millones de inyecciones públicas. Todos saben que la salida a de este oscuro túnel está situada demasiado lejos y que algunos no llegarán sin ayuda.

Una cosa es ser optimista y otra muy distinta ser idiota. Quienes mandan en Canarias saben ya de qué va esto. Tienen más y mejor información que nosotros. Y a estas alturas deben tener perfectamente claro que necesitamos una inyección de miles de millones de euros que impida la pérdida de nuestro mejor sector productivo. ¿Por qué siguen sin exigirlo del Estado?

Disfrazar el paro con los ERTE no tiene sentido en empresas que no van a poder permanecer abiertas. Y la nueva subida de la cuota de los autónomos parece una crueldad innecesaria con quienes se están ahogando y no necesitan más plomo en las alas mojadas. Empezamos un nuevo año casi sin fuerzas y sin aire. Y no existe, después de tantísimo tiempo perdido, ninguna solución valiente, decidida y clara para salvar Canarias. Hablan y hablan incansablemente de planes y de millones que no llegan a la gente de la calle. A los que cierran sus negocios. A los que pierden su trabajo.

Durante décadas, los autónomos y las pequeñas empresas han pagado impuestos para sostener el bienestar común. Y han dado empleo a miles de trabajadores que, con sus impuestos, han contribuido a mejorar esta sociedad. Ahora ha llegado el momento de devolverles ese favor. Tenemos que salvarles, para salvarnos a nosotros mismos. ¿No han entendido aún que sin ayuda no va a sobrevivir nadie?

Dicen que para descubrir a un canario en una habitación llena de gente solo tienes que ir pisando pies, hasta que alguien te pida perdón. Y ahí lo tienes. Pero hasta la gente más pacífica del mundo tiene un límite. Y no creo que a nuestra gente le quede mucha paciencia.

Comienzo de bienes

Año de nieves, año de bienes, decían los viejos. Si es así, en los próximos doce meses nos van a salir las buenas venturas por las orejas. España soporta en estos días el peor temporal que se recuerda. La estampa de Madrid sepultada bajo un metro nieve no se recordaba desde los años setenta. El colapso en las comunicaciones y los desastres causados por la tormenta han disparado la demagogia. La oposición siempre acusa al gobierno de incompetencia incluso cuando se enfrenta a catástrofes naturales. Es la triste tradición de deslealtad institucional de España. Podemos dijo en su día que un gobierno decente no permitiría subidas del precio de la luz en un gélido invierno. Hoy el PP tira de la hemeroteca y les restriega sus propias palabras por las narices. Los ministros del Gobierno salen a dar una rueda de prensa sacando pecho de los servicios públicos que han trabajado para ayudar a los ciudadanos –algo que básicamente es para lo que cobran– y al poco se van deslizando mensajes de crítica destructiva y de enfrentamientos entre administraciones. La nieve y el frío se irán, pero la mediocridad se quedará con nosotros para siempre. En Canarias, menos mal, lo único que nos han dejado las turbulencias es un barco encallado –no es el primero– y una enorme cantidad de lluvia que es una bendición para el campo y los montes de las islas. Es bueno que llueva en esta tierra porque, como todos sabemos, hay mucha gente a la que le falta un agua.