Hay gente – creo que más gente que antes – a las que le cae mal Ángel Víctor Torres. A mí me ocurre lo contrario. Cada vez me cae mejor el presidente y me deprime más su Gobierno. Torres es resistente como los maúros de medianías. ¿Qué diluviaba? Se quedaban enchumbados. ¿Qué ardían los campos? Se abanicaban con el cachorro. ¿Qué se moría alguien? A todos nos toca. Los maúros eran como budistas anémicos para los que el nirvana estaba en amasar el gofio cuando tenían gofio. Y cuando no tenían también. Un amigo de mi abuelo se pasaba el día retorciendo cariñosa, obsesivamente el zurrón. Un día se descubrió que el zurrón estaba vacío, pero el tipo se disculpó metafísicamente:

-Si hago que amaso algo hago.

- Pero no hay nada cristiano.

- Ya habrá.

Al presidente Torres le jodieron ayer la paciencia con el paraíso que nos rodea: una infección vírica que amenaza con descontrolarse, un turismo desaparecido y que no regresará, siendo optimistas, hasta finales del presente año; la flema triunfal en la campaña de vacunación, el hundimiento del comercio. Creo que Torres, un hombre de evidente autocontrol, está empezando a hartarse, porque respondió a la carrera. Y lo hizo hablando de dinero. El dinero de los presupuestos generales del Estado, el diseño de los presupuestos generales de la Comunidad autónoma, el dinero de los primeros fondos europeos REACT. Y, por supuesto, la afirmación eucarística cotidiana: el Gobierno de España no está machacando a Canarias, sino todo lo contrario, aunque siempre se puede y vaya usted a saber si se debe pedir más.

Ignoro si el presidente es consciente de que hablar una y otra vez de los ingentes recursos dinerarios de los que dispondrá la administración autonómica puede resultar irritante a la gente que acaba de cerrar su negocio, al desempleado desde hace muchos meses, al autónomo al que han subido la cuota, al inserto en un ERTE o en el joven incapaz de encontrar cualquier trabajo. Es como amasar el zurrón una y otra vez, por pura y maniaca desesperación, a la espera de cualquier cosa. Hace más de cinco meses comenzaron las negociaciones en Bruselas para el diseño del mayor paquete de estímulos jamás estudiado por la Unión Europea, y el 9 de noviembre se aprobó tanto el nuevo presupuestos para 2021-2024 y el fondo de recuperación. Ha sido un tiempo suficiente –incluso en circunstancias tan duras y con tantos frentes abiertos –para reflexionar sobre una estrategia con unos objetivos claros, realistas, contrastables. Ha ocurrido lo contrario: el Plan Reactiva Canaria, tan cacareado como ejemplar esfuerzo de consenso y planificación, fotografiado y publicitado hasta la náusea, ya rara vez forma parte del discurso gubernamental, y apenas pueden encontrarse trazas del mismo en el proyecto presupuestario para la Comunidad. El problema no son los recursos financieros. El problema central que articula cualquier respuesta a esta amenaza destructiva contra nuestro país es en qué proyectos e inversiones se va a comprometer el Gobierno para que Canarias no se convierta en una región fallida, una comunidad inviable, una hambruna subsidiada. No nos cuente, presidente, cuántas perras va a tener, sino qué modelo de Canarias es el suyo y cómo impedirá nuestro colapso.