Dylan es una religión sin Dios. De hecho, los adeptos son los primeros iconoclastas dispuestos a lanzar improperios contra el profeta ambulante en gira perpetua. En el Manchester de los años sesenta ya recibió la denominación religiosa de ¡Judas!, por haber traicionado al folk con la electricidad. El culto dylaniano bendice la blasfemia, nadie negará que el comportamiento errático del artista prodiga los motivos de escándalo y escarnio. Por ejemplo, cuando cambió de confesión para tocar en el Vaticano ante Juan Pablo II, aunque fuera cobrando. O más cerca, al vender los derechos de sus 600 canciones por trescientos millones de euros, casi el mismo precio logrado por Taylor Swift.

Determinar el precio de Mr. Tambourine Man o de Like a Rolling Stone, la canción más importante del siglo XX según la revista Rolling Stone, equivale a efectuar una tasación de Las Meninas. La reducción de Dylan a una cifra distinta del 666 solo consolida su condición de vagabundo multimillonario, que lleva medio siglo arrepentido por haber encabezado un movimiento de rebeldía planetaria. Se rindió incluso al Nobel en cuanto verificó que adjuntaba una recompensa económica, aunque sin incurrir en la vulgaridad de recoger su galardón junto a la gavilla de científicos premiados anualmente.

Plantearse si Dylan merece el premio sueco equivale a discutir si Picasso reúne los requisitos para obtener el galardón de doctor honoris causa por una facultad de Bellas Artes. Los dos creadores de este párrafo comparten una cualidad relevante, al discutir el pago de trescientos millones por el catálogo de uno de ellos. A ambos se les ha acusado de haber plagiado hasta su verso o pincelada más recóndita.

Para no recibir la misma imputación, conviene aclarar que Leonard Cohen fue el primero en comparar al judío de Minnesota con el pintor malagueño, con objeto de disolver cualquier pretensión de compararlos.

La revolución tenía un precio alto, pero Dylan pertenece a la estirpe de los artistas que son rebajados por cualquier precio. Les diluye la sola idea de que pueden ser enumerados. Y no tiene sentido degradar al cantante con la evidencia de que copió a sus predecesores. La acusación debe ser más grave, Dylan sustrajo el alma a todos sus sucesores. De Sabina a Calamaro, por centrarse en el castellano, los escuchas como víctimas de la apropiación indebida llevada a cabo por el succionador de todos ellos.