Un año atrás, las autoridades nos tranquilizaron porque se trataba de una vulgar gripe, que está a punto de hundir al planeta en su pandemia. Ahora vuelven a diagnosticar otra simple gripe militar, que solo afecta a coroneles mayores de setenta años, con tendencia a la obesidad y predominancia masculina. Esperemos que el menosprecio a este segundo coronavirus salga más barato que la relativización de su antecesor. El desdén hacia el “ruido de sables” y los “estados de opinión de los cuarteles” nos remonta a 1980, en vísperas del 23F. Los optimistas preventivos insisten en que son muchos más los militares que no se han amotinado en el sofá. De bicho a bicho, y dado que un 96 por ciento de españoles no se han contagiado de la covid, podemos dormir a pierna suelta en ambos casos.

Si no estuviéramos tan tranquilizados, hallaríamos algún motivo para el sobresalto en la contradicción de que los autoproclamados salvadores de una Constitución liberal asusten más que sus enemigos declarados. El titiritero confeso Antonio Resines muestra menos contemplaciones al analizar el vulgar virus militar. Recomienda a los firmantes de manifiestos “que se lo cuenten a sus nietos, pero que no nos den el coñazo”. En esta perspectiva del cómico se anuda el maridaje de ambos virus gripales. Un efecto secundario indeseable de la pandemia ha consistido en alejar a los abuelos de sus nietos. Por temor al contagio, los ancianos cascarrabias con graduación no han podido descargar sobre sus descendientes las historietas de la guerra en la que nunca lucharon, así que han elegido la vía decimonónica del pronunciamiento. Los bandos implicados en la discordia solo coinciden en el imprescindible arbitraje del Rey, pero aquí cuesta decidir si ha de hablar antes de los sablevados o de las cuentas de su padre. Felipe VI debe administrar la diferencia entre ponerse firme y firmes.