No he podido sino acordarme del Retablo de las Maravillas, de nuestro inmortal ingenio, al pensar en todo lo que rodea a la inauguración de ese hospital para pandemias concebido por la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Como recordarán los lectores de Cervantes, en su famoso entremés, llegan a un pueblo un par de pícaros que convencen a todo el mundo, empezando por las autoridades, de que la función que presentan en su teatro de títeres sólo pueden verlo los cristianos viejos y quienes no sean hijos de bastardos.

En realidad en la caja no se ve nada, pero nadie se atreve a confesarlo por temor a ser tachado de moro o de judío hasta que se presenta en la aldea un furrier que pide alojamiento para sus treinta hombres de armas.

Las autoridades y demás espectadores, creyendo que se trata de una ilusión más del retablo, no le toman en serio, y el militar, que no está al tanto del engaño, reconoce no ver nada dentro de la caja y, al ser tachado de judío converso, se siente insultado y se lía a espadazos con todos los asistentes.

En esta ocasión no se trata de un retablo, sino de un hospital para pandemias, inaugurado por todo lo alto y con profusión de banderas por la dirigente madrileña del PP, Isabel Díaz Ayuso.

Un hospital que, según dicen, ha costado de momento 100 millones de euros, aproximadamente el doble de lo inicialmente presupuestado, es decir, un gran negocio para algunos, como tantas otras instalaciones e infraestructuras costeadas con dinero público.

Un hospital construido en un tiempo record, como los que levanta China en cuestión de semanas, proyectado sólo para pandemias y que maravillará al mundo entero porque, según la presidenta de la Comunidad, no hay nada igual en ninguna otra capital.

En lugar de dedicar esos cien millones de euros en contratar a nuevo personal sanitario para cubrir las enormes deficiencias que caracterizan a la sanidad madrileña, la Comunidad ha preferido gastarlos en un hospital que, si atendemos al objetivo declarado, esperará, como a los bárbaros, a futuras pandemias.

En lugar, esto es, de prevenir, dotando a los centros de salud de nuevos medios y más profesionales que impidan a tiempo la propagación de las enfermedades y la necesidad por tanto de ese tipo de instalaciones, se ha preferido construir un hospital a mayor gloria de la presidenta madrileña..

Y quienes no creen en su él no serán esta vez tachados de hijos de judíos o de bastardos, que en eso el país al menos hemos avanzado desde tiempos de Quevedo y de Cervantes, sino de “criptocomunistas” o “bolivarianos”.

Y mientras tanto, la política visionaria en la que el PP ha puesto todas sus esperanzas se permite decir a un diario madrileño cosas como ésta: “Me resisto a pensar que la Historia de España acaba aquí, en manos de cuatro estúpidos. Este país es mucho más y habrá cambio de tendencia, habrá pelea por ser español en España”.

En la corte de los milagros, no parece haber límite para las mentecateces.