Steven Spielberg estrenó en 2004 una fascinante comedia titulada La Terminal, considerada una de sus obras menores, probablemente por ser un remake de En tránsito (Tombés du ciel) que el cineasta francés Philippe Lioret ya había llevado a las pantallas en 1993. La peli cuenta las vicisitudes de Viktor Navosky, súbdito de una exrepública soviética perdido en el aeropuerto JFK de New York, tras perder la nacionalidad de su país, como resultado de una decisión burocrática, que le impide tanto entrar en USA, como volver a su tierra. La mayoría de los que vieron la peli desconocen que lo que cuenta se inspira en la historia real del refugiado iraní Mehran Karimi Nasseri, conocido como Sir Alfred, que vivió en el Charles de Gaulle parisino entre 1988 y 2006, después de que alguien le robara sus papeles, sin poder ser repatriado a su país –ganó un pleito a la República Francesa que tuvo que reconocerle como refugiado– pero sin que se le permitiera en principio el acceso a territorio francés. Nasseri acabó por perder la cabeza y –por increíble que parezca– vivió ocho años, leyendo libros y escribiendo su diario, atendido por la caridad de los empleados del aeropuerto, que le lavaban la ropa, le alimentaban y le regalaron algunos enseres.

La historia no es tan infrecuente como podría pensarse: en junio de 1984, conocí en el aeropuerto de Lagos a una pareja de turistas belgas que llevaba varios días durmiendo en el aeropuerto. Habían parado en Nigeria en tránsito desde Ciudad del Cabo, y al regreso, mientras la policía aduanera les practicaba un registro, alguien –probablemente alguien de la propia policía– les había robado todo lo que tenían. Absolutamente todo: las maletas, la documentación, los billetes de avión, el dinero… no podían salir del aeropuerto ni tampoco regresar a su país. La policía nigeriana no sólo no les hacía caso alguno, les habían amenazado con represalias si denunciaban lo ocurrido, y ellos estaban aterrados. Aun así, consiguieron que algún viajero, compadecido ante su suerte, les dejara por caridad algo de dinero para comer y beber. Sin contar con conocidos en Lagos, habían intentado inútilmente llamar por teléfono a algún familiar, pero… o no disponían de los números de teléfono, o no tenían dinero para pagar carísimas llamadas internacionales. Perdidos en la terminal internacional de un país africano desde hacía varios días, agotados por la tensión, sucios y hambrientos, constituían la viva imagen de la desesperación. Al final, fueron repatriados gracias al consulado británico, advertido de la situación por el propio que suscribe.

He pensado mucho en aquella asustada pareja de turistas belgas, y en Sir Alfred (Nasseri, ya mentalmente perjudicado, decidió ser llamado así tras recibir un oficio dirigido a él con ese nombre). He pensado en ellos después de leer los contradictorios protocolos para el acceso de turistas a las islas, aprobados por los gobiernos de España y de Canarias, la confusa inconsistencia de esos protocolos sobre cuestiones competenciales, la propuesta de uso alternativo de los baratos test de antígenos a quien no se haga voluntariamente el caro y obligatorio PCR. Y estoy seguro de que si no se remedia cuanto antes, acabaremos por ver a más de un turista zombi, atrincherado en las terminales de nuestros aeropuertos, con un hisopo clavado en la nariz, los ojos inyectados en sangre, el pasaporte entre los dientes y ganas de contagiarnos –lo que sea– a todos los que le prometimos unas placenteras vacaciones de invierno. Aquí, en nuestra Canarias Fortaleza.