Con innegable inteligencia el presidente Ángel Víctor Torres ha intentado o simulado ponerse al frente de la indignación por la caótica, ruin y mezquina gestión del Gobierno central en la crisis migratoria. En su cuenta de twitter el presidente levanta la voz, gesticula enérgicamente, advierte que Canarias no tolerará que toda la inmigración que intente llegar al continente a través de las islas se quede aquí, y apela “al pacto europeo de migración y asilo”. No está mal. Lo malo es que el pacto ese es una pieza retórica ya obsoleta y la nueva propuesta, todavía en fase de estudio por las autoridades de los 27 Estados miembros, es un grimoso documento que supone otra oportunidad perdida para establecer criterios unificados de solidaridad y responsabilidad compartida en la recepción de los migrantes. Ese Pacto Europeo de Migración y Asilo no sirve ni como clavo ardiente, y resulta perfectamente compatible con lampedusas mediterráneas y atlánticas. Que es de lo que se trata.

No hay que dudar de la sinceridad del presidente. Uno intuye que de todas las dificultades, problemas y amarguras de su complejo mandato esta situación es la más que le afecta, simplemente, porque está prisionero de su propia identidad política. Ocurre que después de denunciar la descoordinación en la salida de más de 200 migrantes de Arguineguín Torres tuvo que escuchar ayer como José Luis Ábalos, ministro de Transporte y su secretario de Organización, espetó que no se ha producido ninguna descoordinación. Ábalos es un artesano de la grosería y ha demostrado que para él los ciudadanos se dividen en dos grupos: los votantes y simpatizantes del PSOE, a los que no vale la pena explicarles nada, y los votantes y simpatizantes de otros partidos, que no merecen ninguna explicación. Torres se mordió ligeramente los labios y se tragó las palabras ministeriales.

¿Cuántos ministros quedan por pasar por aquí? Quizá podría recuperarse la industria turística local si se mantuviera el flujo de visitas ministeriales y se agregaran secretarios de Estado, directores generales, jefes de gabinete y asesores para visitar el muelle de los horrores y repetir luego eucarísticamente que está todo controlado. Habrá que repetirlo por enésima vez: esto no es un error, ni una chapuza, ni una calamidad que deriva de la ausencia de una política migratoria: esta es la política migratoria del Gobierno español que tiene su yunque en Canarias. Ya se sabe la sustancia del plan de choque: disponer de 7.000 plazas de acogida en las islas y nada de derivaciones a otras comunidades. Lo asombroso no es la altanería de Grande-Marlaska, la indiferencia bostezante de Escrivá o las mentiras ajoarrieras de Ábalos, sino nuestra gilipollez timorata y lloriqueante. No creo que el Gobierno central se atreviera a algo parecido en Cataluña, el País Vasco o la Comunidad Valenciana. Ya no se trata únicamente de la inanidad de líderes y partidos. La debilidad de la sociedad civil canaria es tan extremada que en una situación crítica se muestra incapaz de reaccionar. Y cuando no se articula una oposición organizada y razonable y dotada de objetivos concretos y negociables lo que se producen son reacciones incontrolables, ciegas, furibundas. No saben a qué riesgos nos están sometiendo pero, por si acaso, van a traer a cientos de policía. ¿Capisci?