En España, en los que se autodefinen como “partidos de Estado”, por debajo de la cúpula destacan algunas figuras pintureras que ejercen el gobierno en los ámbitos regionales. La mayoría son varones en lo que se refiere a su sexo y/o género –esto admite muchos matices–, y en el argot del poder se llaman igual, pero con “b”, aunque su desarrollo etimológico se produjo al revés, ya que primero fueron los “barones”; barandas de la vieja Europa mayormente dedicados a la guerra, de donde procedían sus bienes y su consideración social. Por el lado femenino, como en casi todo, en la política española hay muchas menos baronesas, pero las existentes lucen por su presencia mediática y, en algún caso, por su afición gestual a la tragicomedia. Desde su origen en el medievo, el término parecía tener un cierto significado despectivo o acusatorio, lo cual debía proceder del papel que cumplían en la Alemania e Inglaterra feudales, por lo que se acuñó la expresión de “barones ladrones”. Ello sugiere, inevitablemente, que su nacimiento y desarrollo estuviera relacionado con el de las prácticas corruptas en los gobiernos de aquellos reinos. Siendo parte esencial de la milicia y con su propia situación de privilegio estrechamente acoplada a cada trono, los barones pronto descubrieron que, aunque se tratase de actividades ilegales, no estaba mal visto que esquilmaran al populacho sin reparo alguno, con el consentimiento implícito de los monarcas, ya fuese tomando directamente lo que les venía en gana en la época de la cosecha, o cobrando peajes abusivos por respirar o cruzar el río que regaba sus tierras. Teniendo en cuenta que esta forma de relación entre el poder armado y la canalla debe ser una constante universal, es lógico que el fenómeno se manifestase de manera similar en diversos escenarios. En el caso de Italia es posible que comenzase en la Roma imperial, para institucionalizarse a lo largo de los tiempos a través de un proceso que fue enriqueciéndose progresivamente. Una leyenda incluye la aportación creativa de tres hermanos castellanos –Osso, Mastrosso y Carcagnosso–, quienes trasladaron a Sicilia, Calabria y Nápoles las enseñanzas de una supuesta sociedad criminal toledana –la Garguña–, por lo que, de ser cierto, habría que reconocerles el papel de cofundadores. Hubo que esperar a finales del siglo XIX para que aquel invento acabara implantándose en la joven América, cuando las migraciones trasladaron al Nuevo Mundo a todos aquellos emprendedores con sangre siciliana. La combinación de modelos impregnó pronto ciertas prácticas comerciales que ya se habían manifestado entre las élites estadounidenses, hasta el punto de que, en 1859, el New York Times cerró lingüísticamente el círculo al denominar “barones ladrones” a los empresarios seguidores del taller de innovación de Cornelius Vanderbilt, uno de los primeros magnates que, supuestamente, hicieron grande a América. Con lo que el término, utilizado en la actualidad para designar a los líderes y lideresas de algunos gobiernos autonómicos, no sabemos si es brillante hallazgo de la prensa, o tiene implicaciones más sutiles.