“¿Sabes lo que te digo? Que los canarios nos tienen hasta los mismísimos con esto de los inmigrantes ilegales. Que si hacinados. Que si trato inhumano. Y el asunto empieza a crecer, como una levadura en el horno y está llegando hasta Bruselas. El señor ministro ha dicho que los inmigrantes ilegales no pasan más de 72 horas en el muelle. Y el señor ministro no puede mentir. Así que si hay inmigrantes que llevan diez o quince días, pues se les pone de patitas en la calle. Sí. Sí. No te escandalices. A la puta calle. Y no. No hace falta buscarles acogida. ¿No quieren estar en las carpas del muelle? Pues que se queden en las aceras y en los parques en Las Palmas. Que los acojan en sus casas toda esa gente tan solidaria. Y que les den de comer las ONG que se pasan el día pidiéndonos dinero por un lado y tocándonos las narices por el otro. Me los pones en la calle. Hoy mismo”.

De todas las explicaciones sensatas que se han ofrecido sobre la “suelta” de más de doscientos inmigrantes en las calles de Las Palmas, la más lúcida ha sido la del magistrado Arcadio Díaz Tejera. “Alguien” ha querido darnos una lección por la vía práctica para que no vayamos por la vida de don Tancredos. Para que sepamos que el escandaloso espectáculo del muelle de Arguineguín es tan inevitable como necesario. Porque la otra alternativa que nos ofrecen consiste en que tengamos a cientos de personas sin trabajo, sin techo y sin comida, sueltas por nuestras calles.

El largo camino de errores del delegado del Gobierno peninsular en las islas, Anselmo Pestana, ha terminado, pues, en una gigantesca bosta de dinosaurio. Una que supera la estrepitosa decisión de alojar a los que entran ilegalmente en España en complejos hoteleros. Una nueva versión de “vente a Alemania, Pepe”, en versión atlántica y “macarronésica”.

La izquierda que gobierna en Canarias ha comprobado que puso la cara por Madrid para que se la partieran. Lo que suelen hacer, básicamente, los señoritos centralistas con los asuntos coloniales es desinteresarse mucho, porque les caen muy lejos. Y en Madrid, alguna vez lo he dicho, están de los canarios hasta los bigotes. Consideran que somos unos llorones, mantenidos en la abundancia y acostumbrados a la queja permanente. “Bastante han ordeñado ya estos”, dicen algunos en los pasillos ministeriales. La granja pertenece hoy a los catalanes y a los vascos, así que a ver si nos enteramos.

Cuando al alcalde José Manuel Soria le llevaron hasta el límite, sin darle soluciones a los problemas de Las Palmas con los ilegales, los metía en aviones nocturnos y los plantaba en Madrid. En los medios de comunicación lo vestimos de capuchino por no tener entrañas. Es difícil que la imagen de la izquierda sobreviva en Canarias a esta última salvajada migratoria. Confirma que no tienen la menor intención de tener solidaridad con esta tierra. Ni financiera, ni social. La pobreza y la inmigración ilegal nos las vamos a comer solos.