Como te sucederá a ti, las calles que visito, desde que empezó todo esto que no cesa, son siempre las mismas. No me quejo. He aprendido la lección y hoy soy capaz de fingir algo parecido a la paciencia que jamás tendré.

Y, desde mi falsa tranquilidad de espíritu, me atrevo a hacer recomendaciones más o menos sutiles sobre la conveniencia de estar en calma.

Así que, aunque se me hayan disparado las ganas de viajar, las atempero imaginando que habrá una primavera –tal vez la próxima, quizá la siguiente– en la que poder recobrar el aliento robado. Las primaveras son para eso. Para respirar y volar lejos. Para cambiar las cosas.

Me siento a hablar con otras gentes y me confirman, resignadas, que tienen tristeza de no poder visitar esos lugares desconocidos en los que siempre han querido estar.

Algunas se mueren por regresar a sus ciudades favoritas, a los hoteles en los que amaron y fueron amadas, a los cafés en los que compartieron sueños y visiones idílicas, contraviniendo ese adagio que avisa de que es mejor no regresar al lugar en el que has sido feliz, por si acaso.

Hay quien quiere correr su aldea, sentir bajo los pies la falsa seguridad de lo conocido, la paz engañosa que nace de estar cerca de las raíces. Y hay quien sufre por no poder ir al encuentro de los hijos, como se debe sufrir cuando uno sabe que ahí fuera hay vidas que te importan más que la propia.

Yo, sin embargo, rara como siempre, o, tal vez, más que nunca, me muero por volver a todos aquellos sitios donde no pude ser feliz, por mi culpa o por la suya. Necesito reconciliarme de urgencia con aquellos espacios que transité llorando de miedo o de frío o de desamor.

Con los puentes sobre el río sucio que me vieron vagar en invierno, buscando respuestas a los siguientes veinte años de mi vida, porque desde muy joven supe que tenía que analizarlo todo.

Con los bulevares y los camellones en los que me cayó una tormenta de verano a las tres de la mañana, sin darme tiempo a maldecir a los dioses del Caribe ni a encontrar portal donde resguardarme.

Con los atardeceres que no pude disfrutar porque estaba demasiado furiosa, demasiado triste o demasiado ausente.

Con las azoteas que me hicieron odiar el olor a naranja y el calor húmedo y los despertares al borde de la mañana.

Con los amigos a los que no atendí como merecían ni escuché cuando hablaban, porque no había tiempo ni oído sino para mi corazón equivocado y mis lamentos.

Nunca me he llevado bien con el rencor sostenido y las enemistades perpetuas, especialmente cuando aquello que les dio origen ya no tiene peso en mi vida. Soy capaz de convivir con ello, claro, pero prefiero, si puedo elegir, no vivir en el conflicto.

Y tengo que regresar, no dejo de darle vueltas.

Quiero que me conozcan ahora que no me duele nada porque todo lo tengo. Ahora que, por fin, he comprendido que era inútil huir, que el incendio lo llevaba dentro. Ahora que sé distinguir perfectamente qué asuntos merecen mis lágrimas y cuáles ameritan apenas una media sonrisa compasiva.

Necesito crear nuevos recuerdos y dejar una huella nueva en los puentes, los bulevares, las azoteas, los amigos, que no son, tampoco, los mismos de entonces.

Pienso mucho en ustedes, lugares malditos. Pienso mucho en ustedes y creo que nos debemos otra oportunidad.

Tal vez la próxima primavera, quizá la siguiente, tengamos ocasión de abrazarnos de nuevo y decirnos: “No fue para tanto”.