No puedo estar más de acuerdo con el presidente Torres. Lo que está padeciendo Canarias es una enorme diarrea política. Una inmensa descomposición intestinal que tiene a esta sociedad yéndose por las patas para abajo. Una liquidez fétida de todo y de todos que nos lleva, como a las heces líquidas, camino de la alcantarilla.

El sistema productivo de estas islas ha desaparecido. Y pese al anuncio de una vacuna contra el coronavirus, no cuenten ustedes con que haya cambios significativos hasta, por lo menos, el segundo semestre del próximo año. ¿Y de aquí hasta allí? Pues casi nada. Paro, pobreza, colas en los comedores sociales, tensión en los bancos de alimentos, cierres de empresas y desesperación. Nuestra vida hoy es la cagalera de dos millones de ciudadanos, que va a dar a la mar, que es el morir.

Los presupuestos del Estado pasan de Canarias porque el Gobierno y la oposición están ocupados en resolver sus grandes intereses de poder territorial, en donde no pintamos nada. Pese a los mensajes publicitarios y las promesas agónicas, no habrá un rescate social para esta tierra venida a menos. De la lluvia de millones de la Unión Europea nos tocarán las raspas de la sardina. Y de los presupuestos canarios no esperemos más que el esfuerzo por sostener el gasto de las administraciones, que mantendrá a salvo del desastre a los cien mil hijos del sector público.

La actitud de Madrid con Canarias en el asunto de la inmigración, donde nadie nos hace puñetero caso, no es la excepción, sino la norma. Nos hemos transformado en algo residual en las preocupaciones de los gobernantes peninsulares. Y aquí, divididos y enfrentados por razones de interés electoral, no existe la posibilidad de que se construya un frente unido, capaz de poner al Estado ante la incomodidad de una rebelión social.

No será la política la que nos saque de esta mierda líquida. Será la realidad. Porque si se cumplen los peores presagios –como ha ocurrido hasta ahora– de nada valdrán los postureos, las promesas y las buenas voluntades. Cuando hayamos atravesado la barrera del medio millón de parados y estas siete naves de piedra naveguen a velocidad hiperlumínica hacia el desastre colectivo, empezará a crecer entre la buena gente la hiedra de la ira. Alguien va a pagar caro haber perdido todo este tiempo en trabajos de imagen y macramé político.

El Gobierno peninsular ha decidido reflotar al sector público, aumentar los gastos del Estado, mantener felices las nóminas de las administraciones y aumentar la deuda del país hasta el infinito y mas allá. Tendrá su precio a largo plazo. Pero en el caso de Canarias será pasado mañana. Porque las islas, al contrario que España, no tiene una economía residual que la mantenga a flote en el naufragio. Si en esta tierra no hay turismo, no hay nada. Es lo que sembramos y es lo que hemos cosechado. El presidente Torres acierta. Ya es casi Navidad. Así que vamos y cantemos en el retrete. Siete estrellas apagadas sobre un mismo mar canelo.