13 de octubre de 2020
13.10.2020
A babor

La cuarta ruta

13.10.2020 | 00:48
La cuarta ruta

Ya se fue el ministro, y se fue exactamente como vino. Con las manos vacías y poca estima. El numerito de Fuerteventura, donde abandonó el encuentro con el presidente del Cabildo, su compañero de partido Blas Acosta, porque este le afeó la desidia del Ministerio al enfrentarse a la emigración en Canarias, ha dado lugar a ríos de tinta, pero que un socialista canario, o dos, o treinta, le afeen la conducta a Escrivá, por desgracia, no va a resolver los problemas.
El ministro parece un tipo poco empático, de cabreo fácil y además especialista en echar balones fuera de su campo. Responsabilizó a otros ministros –el de Interior y la de Defensa, básicamente– de la falta de coordinación existente en el Gobierno, y a las corporaciones locales canarias –Cabildos y Ayuntamientos–, por no colaborar. Y luego fue a hacerse la foto que dijo que no vendría nunca a hacerse. Se encontró con dos centenares de inmigrantes desembarcando en Arguineguín. Ahora, Ángel Víctor Torres plantea la conveniencia de que Conde Marlaska y la señora Robles se impliquen también.
Asume el prudente Torres las funciones de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Migratorios. Pedro Sánchez no tuvo otra ocurrencia mejor que cargarse esta comisión –la eliminó sin dar explicación alguna en febrero–, sin haber incorporado sus funciones y competencias a ninguna otra entidad u organismo. Desde entonces, el Gobierno no solo carece de una política clara en materia de emigración, también carece del organismo que pueda coordinar su aplicación. Eso explica en parte la acumulación de errores. A veces una decisión equivocada –sostenida luego por soberbia– crea un encadenamiento de problemas. Y lo cierto es que hoy no se sabe quién decide en materia migratoria. O sí se sabe. No decide absolutamente nadie.
La cuestión es que hace ya dos años, coincidiendo con el creciente desinterés español por renovar los convenios de cooperación con los países del Magreb y el Sahel, y con el abandono de la diplomacia de los cayucos, se ha producido una escalada en la llegada de embarcaciones con inmigrantes a las islas, hasta el extremo de que la ruta a Canarias es ya una cuarta ruta –no reconocida por la UE– para la entrada de inmigrantes en Europa. Viene a sumarse a las tres que tradicionalmente operan en el Mediterráneo por sus extremos –Turquía y el Estrecho de Gibraltar– y por su centro, desde Libia. Mientras se reduce la intensidad de travesías por el Estrecho, la utilización de la ruta de Canarias –de la que España no ha informado siquiera a Europa– crece exponencialmente. Solo en la última quincena, han llegado a las islas mil africanos en embarcaciones, mientras el Gobierno sigue sin comprometerse a adoptar medida alguna para resolver el alegre desmantelamiento de las instalaciones de acogida, la escasez de medios policiales y sanitarios y por el desastroso funcionamiento del SIVE.
Canarias sufre una presión hoy superior a la del Estrecho, y con cifras de fallecidos –según las ONG– que solo en los últimos doce meses podrían superar las 400 personas. Y la situación puede continuar empeorando. Sobre todo si se suman nuevas torpezas o decisiones incorrectas.

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