05 de septiembre de 2020
05.09.2020
A babor

Un farol de 24 horas

05.09.2020 | 00:01
Un farol de 24 horas

El nombramiento de Conrado Domínguez como director general de Servicio Canario de Salud es ya un hecho, tras un año de espera y una crisis de gobierno fulminantemente abortada en apenas un solo día. La crisis, adelantada ayer por este periódico, fue planteada en el Consejo de Gobierno por Noemí Santana, la todavía secretaria general de Podemos (ella misma ha anunciado que no piensa reincidir), al parecer atendiendo a las reticencias ante la designación de Domínguez por parte del PSOE de Tenerife y del grupo de militantes socialistas cercanos al ex consejero de Sanidad, Jesús Morera. Morera fue en su momento la causa (y la excusa) del conflicto abierto entre la entonces vicepresidenta Patricia Hernández y el entonces presidente Clavijo, que provocó la salida del PSOE del Gobierno. Ahora Morera es director del hospital Negrín, y el principal opositor en el PSOE a que se nombre responsable del Servicio de Salud a Conrado Domínguez.
La oportunista incorporación de Santana al frente anti-Domínguez, presentada como rechazo a la privatización de la sanidad pública, es un pésimo relato. Domínguez fue responsable del SCS tras el cese de Morera y ni se le pasó por la cabeza privatizar la sanidad pública. A nadie en su sano juicio se le ocurriría tal disparate. Aquí el debate no es si hay alguien que quiere venderle la sanidad pública a los empresarios del sector, es si hay quien conozca el funcionamiento del sistema y del sector dispuesto a asumir el SCS y no se niegue a ir por la oficina (porque es mayor y teme contagiarse), o que no diga alegres cancaburradas sobre la derrota del coronavirus o que la enfermedad ha sido barrida de las calles.
La oposición a Domínguez no es siquiera ideológica (Domínguez es un gestor con corazón de izquierdas y cabeza fría, que ha trabajado siempre defendiendo la sanidad pública). Es el tipo que ayudó a Baltar a bajar las listas de espera y es quien logró enterrar el hacha de guerra en la sanidad y cerrar acuerdos con los sindicatos de médicos y sanitarios. Si Podemos forzó a retrasar hasta ayer su nombramiento fue porque Noemí Santana quería hacer otra pirueta izquierdista. Más le valdría dedicarse a activar la Consejería más inoperante del Gobierno, la de Derechos Sociales, en la que nadie mueve un papel, los políticos porque no saben hacerlo, y los funcionarios porque están hasta el moño de políticos que no saben y no paran de montar numeritos.
Al final, este último pulso a Torres le ha venido a suponer un respiro: 24 horas después, Podemos ha abdicado. Más bien se han comido con papas su pataleta: si dejan el Gobierno, no tienen otro sitio donde instalarse. Y el presidente ha demostrado que controla su Consejo y que no acepta presiones ni chantajes desde su propio grupo parlamentario. Es cierto que Torres ha ganado este pulso gracias a la ayuda inesperada de Coalición, que se ofreció a apoyarle desde fuera del Gobierno si los podemitas cumplieran su farol y el socialista quedaba en minoría. También ha ayudado que el PP y Ciudadanos defendieran la capacidad del presidente para decidir libremente los nombramientos y más en un asunto de tan extraordinaria importancia como es la gestión de la salud en la pandemia. Al final, queda claro que Podemos no es capaz de cumplir ninguna de sus amenazas. Está aislado parlamentariamente. Es el único grupo que solo puede pactar con el PSOE. Torres, por el contrario, tiene muchas otras opciones.

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