02 de agosto de 2020
02.08.2020

La nueva gestualidad

02.08.2020 | 06:45
La nueva gestualidad

La nueva normalidad es un cementerio de gestos silenciados por un retal de celulosa, un desafío para la mirada, que ha de ser capaz, más que nunca, de expresar por si sola una sonrisa, un desagrado o la tristeza. Las generaciones futuras posiblemente ignorarán que la nariz es el apéndice donde más se manifiesta la burla o el desdén y que para fruncirla es necesario que intervengan los labios. En la antigüedad se creía que en las fosas nasales residía la ira. En un mundo de rostros con mascarilla el diccionario paralingüístico de nuestro estado emocional ha cambiado, junto con todo lo demás. El abrazo, el beso -incluso el de cortesía- ya no puede ser espontáneo, porque la distancia social no es solo física.
En los tiempos que corren, lo que hoy se recomienda encarecidamente se convierte mañana en mandato, en un catálogo de sanciones por desobediencias que antes nos habrían parecido surrealistas. El virus sigiloso se vuelve más invisible, como sus rastreadores, pero su huella se anticipa en nuestro modo distinto de proceder, de comportarnos. Es un cambio paulatino, paso a paso, lleno de provisionalidades que no sabemos cuánto durarán y de excepciones que parecen contradictorias. Instaurar otra normalidad no es como cambiar el filtro de la cafetera; se quita el viejo, se coloca otro en su lugar y se acciona la máquina. La disyuntiva de los políticos entre salvar vidas y salvar la economía nunca se había revelado tan a corazón abierto como ahora.
Los españoles somos los europeos más propicios a utilizar la mascarilla, según algún estudio. Para poder abrir hoteles y restaurantes, se impuso su uso obligatorio, salvo en las terrazas de los bares y en las playas, y ahora vemos bullir ambos escenarios de gente -quien haya paseado por Palma bajo el sol de un mediodía de julio, con media cara cubierta por la celulosa sabrá por qué-. La pereza de tener que taparnos el rostro en la calle vuelve a confinarnos en casa, y la sospecha de que las reuniones familiares son vía de transmisión principal nos conduce al desapego. Sin embargo creemos que es posible volver a convivir con todos los turistas que quepan en un millar de aviones sin que se descontrolen las estadísticas de la epidemia.
Hace varios siglos, cuando en Europa el tráfico marítimo comercial empezó propagar enfermedades contagiosas como la tuberculosis o la peste, se abrieron lazaretos, unos lugares en los que se recluía preventivamente a las tripulaciones y a los viajeros de embarcaciones procedentes de zonas infectadas, para evitar que tuvieran contacto con la población. Estos recintos inhóspitos fueron clausurados con la llegada de las vacunas. Hoy, después de que España levantara anticipadamente la cuarentena obligatoria a los turistas extranjeros, varios países, entre ellos el Reino Unido, ponen barrera a esta actividad, obligando a sus compatriotas a cumplir este tiempo de aislamiento a su regreso de las vacaciones en nuestro país. Una medida que sin duda disuadirá a muchos de hacer el viaje. Son tiempos extraños, donde los límites de la prudencia a veces los marcan otros y donde la nueva normalidad son gestos -las intenciones, las recomendaciones encarecidas de no hacer tal o cual cosa, los nuevos hábitos impuestos- que todavía no sabemos muy bien cómo interpretar.

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