02 de agosto de 2020
02.08.2020
Testigo de calle

Es mejor respetar a los ingleses

02.08.2020 | 06:45
Es mejor respetar a los ingleses

Inglaterra es un país inmenso, una isla extraordinaria. Fue un imperio y es todavía el eje de países que no sólo hablan el idioma que marcó la metrópolis. En su ámbito tiene países, como Escocia, que quisieran ir por su cuenta, y aquí mismo, en España, tiene bajo su advocación el territorio de Gibraltar, que desde hace años este país nuestro de vez en cuando lo siente como una piedra en el zapato.
Amo Inglaterra, también con sus defectos, los que conozco y los que dicen que tiene. De niños supimos de los ingleses porque eran nuestros vecinos; era casi imposible hablarles en su idioma, porque cada uno era una isla en sí mismo y no había cómo convencerles de que alguna palabra en español no les haría ningún daño. Los chicos eran testarudos pero simpáticos, y los mayores eran estrafalarios pero dadivosos, porque lo que hacíamos nosotros era pedirles pennies.
Cuando el mundo fue cambiando y dejamos de ser niños, escuché hablar de la Inglaterra de los escritores y de los artistas, y poco a poco fui conociendo Londres y otros territorios, incluidos Escocia o Irlanda del Norte; conocí el norte y el sur, estuve viviendo en la tierra de DH Lawrence y visité los territorios del sur, esos bellísimos acantilados de Dover que le dicen adiós al continente.
Viví, como corresponsal, la experiencia de conocer su mundo diplomático y político; me hice adicto a las emisoras inglesas de radio y televisión y aprendí inglés con ellas y con los espléndidos periódicos que se editaban (y se editan) en Londres. En mis primeros tiempos, apuntaba cada día en una libreta palabras que no entendía entre las que publicaba The Guardian, y así me fui haciendo con un vocabulario del que llegué a sentirme orgulloso€ hasta que me puse a hablar y supe que el inglés escrito y el hablado son dos mundos riquísimos y muy diferentes.
Fui a sus grandes museos y a sus espléndidas bibliotecas; comí en sus restaurantes, que poco a poco fueron mejorando desde la mediocridad con la que, en los años 60, se conformaban todavía en la tierra del fish and chips€ Me maravillaron sus jardines, cuidados para el público con la delicadeza de quien los riega con aire fresco. La puntualidad no sólo era un gesto de cortesía sino una manera de gestionar el tiempo propio y el tiempo de los otros, y ese era un avance mayor con respecto a lo que veíamos en la España, aun existente, del vuelva usted mañana. El respeto por las ideas ajenas, en ese entonces, era una novedad absoluta con respecto a nuestra educación sentimental y pública, porque en España (todavía ahora) pensar lo contrario era materia de burla o de saña.
Conocí mucha gente, de todos los sectores, en los mercados, en los pubs, en las redacciones, en los transportes públicos, en el ámbito cultural o literario, y siempre tuve que aprender de ellos un nivel de exigencia individual que me sirvió para entender cómo esa sociedad, además de tener tantas ramificaciones aventureras en su historia, tantos éxitos comerciales y políticos, tenía también las universidades más exigentes del mundo.
En fin, le cogí muchísimo respeto a Inglaterra. Sigo viendo su televisión, leyendo sus periódicos, interesándome por su historia, a veces vuelvo a sus universidades, a entrevistar a algunos de sus profesores, sigo teniendo amigos allí, algunos muy queridos ya no están con nosotros, y esa es una enorme pérdida de mi vida, y escucho con devoción y respeto lo que desde allí dicen personalidades de las artes o de la política que no se han dejado llevar por la facilidad de las distintas demagogias que coexisten también en nuestro mundo, entre ellas las demagogias de los nacionalismos irrespetuosos.
Ahora dirige los destinos de Inglaterra uno de esos nacionalistas, que además ha llevado a su país, junto con otros que piensan y actúan como él, fuera del ámbito en que nos gustó ver a los ingleses, tan decisivos en Europa y ahora fuera de su unión política, económica y comercial. Pero Inglaterra sigue teniendo su raíz bien asentada en fenómenos que no son cambiantes, como esa adscripción de la que se ha alejado ahora por el influjo de tales gobernantes; Europa y el mundo están impregnados de una Inglaterra que jamás se irá de veras del alma del extranjero, que fue siempre, a pesar de vivir tan encariñada con su concha, su vocación y su destino. Inglaterra es un país que mira al extranjero porque para sí misma, como el pasado, Inglaterra es también un país extranjero.
Los ingleses volverán, y pronto, a Baleares, a Canarias, al sur de España; este incidente que ahora ha llenado de venablos la conversación sobre Inglaterra es algo incidental, pasajero, proviene de un drama que cada uno ha ido gestionando con su aspiración de perfección y su realidad de mediocridad, pero Inglaterra nunca se irá de las islas, porque aquí, en estas islas Canarias, por ejemplo, no sólo tiene echadas sus raíces desde hace más tiempo que el que sitúa la dilucidada visita de Lord Nelson, sino que forma parte de la imperceptible realidad del alma de las islas. Los ingleses forman parte del territorio infinito de las islas, volverán, ya están volviendo, nunca se han ido los ingleses.

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