Estados Unidos se ha embarcado en una nueva guerra fría con Rusia y China cuyas consecuencias terminaremos pagando también los europeos, al igual que el resto del mundo.

La guerra fría con la Rusia de Vladimir Putin es una especialidad del Partido Demócrata, que no ha acabado de digerir la derrota de su candidata, Hillary Clinton, frente al republicano Donald Trump en las últimas presidenciales.

Para los principales medios de información de aquel país, entre ellos la cadena de TV CNN, el presidente Putin y los hackers rusos parece que fueron los únicos responsables del descalabro demócrata pronto hará cuatro años.

Pero últimamente, el Gobierno de Donald Trump, cada vez más nervioso por cómo la opinión pública está juzgando su desastrosa gestión de la pandemia del Covid-19 y sus intentos de polarización de la ciudadanía, se ha sumado a esa estrategia de culpar de todo al Kremlin.

En ella se inscriben las acusaciones publicadas por los dos principales diarios liberales del país y difundidas luego por los medios de todo el mundo según las cuales Rusia ofreció dinero a los talibanes para que mataran a soldados norteamericanos en la guerra de Afganistán.

¡Como si los talibanes necesitaran ese estímulo monetario para liquidar al invasor! Y sin que olvidemos que el director en funciones de la CIA Michael Morell animó públicamente por televisión a que se diera muerte a los rusos e iraníes que combaten en Siria.

Sea como fuere, aunque el Russiagate -la injerencia rusa en las pasadas elecciones- no parezca preocupar demasiado actualmente a buena parte de la opinión pública norteamericana, más del 50 por ciento de los ciudadanos de ese país consideran a las Fuerzas Armadas rusas una seria amenaza cuando en 2004 sólo pensaba así el 18 por ciento. La propaganda tiene siempre sus efectos.

Lo que representa sobre todo Rusia para los demócratas, lo representa ahora también China para los dos grandes partidos: el demócrata del ya casi seguro candidato a la Casa Blanca Joe Biden y el del presidente republicano que aspira a la reelección para continuar su política polarizadora en casa y desestabilizadora, fuera.

EEUU ve de pronto a China como la única potencia capaz de disputarle en un futuro cada vez más cercano la hegemonía, sobre todo económica, que ha ejercido ininterrumpidamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial y que le ha permitido dictar al resto del mundo sus condiciones.

El presidente Trump aprovecha ahora la nueva ley de seguridad nacional de Pekín para acusar a China de pisotear las libertades de los habitantes de la antigua colonia británica de Hong Kong.

El problema es que ya no hay nadie que crea que esos ataques al Gobierno comunista de Pekín sean sinceros y no tengan otra motivación que la económica cuando quien los lanza es alguien que no tuvo el menor escrúpulo en adular en su día lo mismo al presidente chino que al dictador norcoreano o a los déspotas saudíes.

Sólo los esfuerzos por mantener como sea la hegemonía en el actual mundo multipolar explican las presiones de Washington a sus aliados para que no compren la tecnología de última generación del gigante chino Huawei, argumentando que es un riesgo para su seguridad.

Algo parecido ocurre con las amenazas de sancionar a las compañías que participan en la construcción del gasoducto germano-ruso Nord Stream 2, en el que Washington ve una amenaza a las exportaciones a Europa de su propio gas natural licuado.

Un animal acorralado, como es Trump en este momento por culpa de una pandemia que mata a cada vez más norteamericanos y amenaza con frustrar cualquier logro económico, puede dar zarpazos inesperados.

Y la tensión sobre todo en el mar del sur de China, donde Pekín tiene reivindicaciones expansionistas que no aceptan sus vecinos, ni por supuesto tampoco Washington, resulta de lo más preocupante. La única que puede frotarse las manos es la industria de armamentos.