12 de julio de 2020
12.07.2020
Observatorio

En defensa de nuestros valores

11.07.2020 | 23:16
En defensa de nuestros valores

Predecir el futuro siempre ha sido algo muy complicado y por eso el mundo está lleno de "profecías" que no se cumplen. Así, los aurispices romanos interpretaban el porvenir en el vuelo de las aves en un mundo sin polución, o en las entrañas de animales cuando la carne aún no se envasaba al vacío y uno podía llegar a casa con un pollo vivo. En Delfos hicieron de ello un lucrativo negocio. Según la predicción luego se iniciaba -o no- un viaje, un matrimonio o una guerra. Aparte estaban las profecías apocalípticas, como las que anunciaron el fin del mundo para el año 1000, con el cambio de milenio, o las del clero ortodoxo ruso que situaron la fecha con absoluta precisión en el 1 de septiembre de 1492. Fue un fracaso estruendoso por partir de la premisa falsa de que la Tierra había sido creada en el año 5508 antes de Cristo, y ya se sabe que cuando se parte de un error es muy difícil llegar a conclusiones ciertas. Años más tarde, nada menos que Erasmo predijo en una carta a un amigo, cuando la amenaza otomana se cernía sobre Europa, que "el mundo no puede soportar tener dos soles en el cielo" y que el futuro pertenecería a los cristianos o a los musulmanes porque ambos no cabían en la Tierra...y aquí andamos, 500 años más tarde y todavía con problemas. Más cerca de nuestros tiempos, es sabido que Nancy Reagan consultaba regularmente a un astrólogo (lo que no impidió que le pegaran un tiro a su marido) y, en otra dimensión muy diferente, Francis Fukuyama, que paradójicamente en esto sigue la línea de Engels y de Marx del progreso lineal de la Historia, predijo el triunfo de la democracia liberal como el sistema más perfecto que había venido para quedarse pues ya no le quedaban rivales. Se equivocó porque aunque tras la derrota de las otras dos grandes ideologías del siglo XX, Fascismo y Comunismo, el Liberalismo aparecía como superviviente y claro vencedor... lo hacía desde la limitada perspectiva de un mundo eurocéntrico surgido de la filosofía griega, el derecho romano, el cristianismo, el Renacimiento, y la Ilustración. Y el problema es que ese mundo se ha quedado muy pequeño. En desacuerdo con Fukuyama, Samuel Huntington predijo el choque de civilizaciones como seña de identidad de nuestro tiempo, un choque simbolizado en los ataques terroristas del 11 de Septiembre en los EEUU -y otros posteriores en Europa y el resto del mundo- a cargo de islamistas radicales que no comparten nuestro legado, y que tienen otra visión de los asuntos de género o del papel de la religión en la vida pública, igual que las civilizaciones asiáticas reclaman mayor peso para la autoridad o colocan la colectividad por encima del individuo. Las modas de Occidente ya no dominan porque en el siglo XXI han surgido países poderosos que no comparten nuestro legado, que no han pasado por el Renacimiento que pone al individuo en el centro de la creación, ni por la Ilustración que coloca la duda en el eje del debate intelectual. Ni han tenido a Descartes que separó lo divino, lo natural y lo humano. Son países con otros valores y que se rigen por otros principios, y así la raíz confuciana de la cultura china se ha combinado con el comunismo de Mao y el posibilismo de Deng (gato negro o gato blanco, lo importante es que cace ratones) para acabar ofreciendo al mundo un capitalismo autoritario de Estado como un modelo en competencia con la democracia liberal que se quiere particularmente eficaz en tiempos de crisis como los actuales. El resultado es que la geopolítica que nació en 1945 está en crisis como lo están sus instituciones más importantes. No es fácil responder la pregunta de por qué está Francia en el Consejo de Seguridad de la ONU, como miembro permanente y con derecho de veto, y no está la India con sus bombas atómicas y sus 1.400 millones de habitantes. E igual pasa con el Banco Mundial o con el Fondo Monetario Internacional. Si el problema se redujera a esto, a una reforma, no sería fácil pero podría tener solución. Pero esa etapa ya pasó, hoy no seria posible aprobar por consenso la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como se aprobó en 1948. Lo que ahora China ofrece es una nueva geopolítica basada en premisas diferentes de las que defiende la democracia liberal. Por eso su oferta es muy peligrosa y por eso la Unión Europea la considera un socio estratégico, necesario en el combate contra el calentamiento global, y al mismo tiempo un rival sistémico que pone patas arriba el orden que nos ha regido durante los últimos 75 años. Los Estados Unidos comparten esa visión de China pero le añaden otros dos componentes: la rivalidad por la hegemonía digital, cuyo exponente máximo son las redes 5G que hoy por hoy dominan los chinos, y la rivalidad militar en la cuenca del Indo-Pacífico donde se imponen los norteamericanos, mientras China se limita (al menos por ahora) a procurar "encarecer" las intervenciones "yanquis" en lo que considera su "extranjero próximo". Por eso y a pesar de las dificultades innegables que atraviesa hoy la relacíón euro-norteamericana, el hecho de que compartamos los mismos valores en un mundo en el que son minoritarios es un potente elemento que aboga por el acercamiento progresivo entre nosotros (y con Iberoamérica). Algo que ciertamente se facilitará si Joe Biden gana en noviembre.

(*) Embajador de España

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