06 de julio de 2020
06.07.2020

Acumular

05.07.2020 | 23:04
Acumular

La avaricia venía, en el viejo catecismo de mi infancia, entre los pecados capitales, aquellos siete con los que el padre Ripalda nos amenazaba con la condenación, con el fuego eterno, un fuego, quizás, como el que cae ahora mismo en casi toda España, que parece capaz de derretir a los pájaros en vuelo.
Más tarde, deshechos ya los hilos que tal vez nunca me ligaron del todo a los textos del célebre jesuita renacentista, empecé a entender que no era bueno tener mucho de nada. Especialmente, comprendí que era preferible no acumular demasiado poder, demasiado dinero, demasiada belleza. No me parecía exactamente que fuese pecado, pero estaba seguro de que acababa siendo una maldición.
Ahora, en estos días aciagos en los que algunos, con un optimismo antropológico digno de encomio (como casi todas las inocencias), dijeron que iba a aflorar lo mejor del ser humano, estamos viendo cómo, de repente, el tipo poderoso y bocazas que gobierna los Estados Unidos de Norteamérica, en un arrebato provinciano que es absurdo ante un mal universal, ha decidido acumular el fármaco que, de momento, parece ser de los pocos que pueden luchar contra el coronavirus, si bien, al decir de los expertos, con una utilidad mediocre, pues no es eficaz en los casos graves y solo ha servido, de momento, para acortar el tiempo de recuperación.
Pero aun así, el gigante americano se ha quedado con todas las existencias para los próximos tres meses del Remdesivir, haciendo saltar todas las alarmas, porque esto resulta bastante indicativo de lo que va a pasar cuando esté disponible una vacuna. Era fácil pronosticar esto, que al final se acabase especulando con la salud y la vida de la gente, que al fin y al cabo es lo que se ha hecho en todo tiempo y circunstancia desde que el mundo es mundo o desde que el mundo es como lo hemos hecho nosotros.
Séneca, que casi todo lo supo, ya dijo que "la avaricia es como la llama, cuya violencia aumenta en proporción al incendio que la produce", y así los avaros crecen en este incendio en el que han visto, una vez más, una oportunidad de negocio, un modo de enriquecerse aún más, acaso sin saber que el mayor bien es pequeño y lo que no es dado es perdido.
Constancio Vigil, un uruguayo que escribía para los niños, decía que "solo hay una avaricia honrosa: la de las palabras". Yo añadiría alguna más, todas esas maneras que hay de sobrellevar el trabajo de estar vivo, aquello que hace navegable el páramo: los libros, los amigos, las canciones, el café, el agua fresca de la tarde€ y esa manera suya de decir mi nombre despacito.

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