01 de julio de 2020
01.07.2020
Observatorio

Derribar estatuas

01.07.2020 | 01:31
Derribar estatuas

Lo que ahora se llama "políticamente correcto" es lo que siempre se conoció como "educación y respeto", el trato a los demás con la cortesía debida, sin ofender sus sentimientos, su dignidad y, desde luego, sin discriminación alguna. No era necesario inventar un nuevo concepto cuando existía otro que cumplía una función muy superior al recién creado y era menos sectario y más flexible. La educación y el respeto tenían como límites únicos los delitos de injuria o calumnia y el derecho al honor en el ámbito civil, exigiéndose siempre para reprimir la libre expresión una intención de dañar al prójimo, lo que significaba, por ejemplo, que el humor era considerado actividad lícita que no atentaba contra la dignidad humana si era tal y se exponía con la finalidad de divertir, no de zaherir. La sensibilidad de cada cual no era la medida para valorar la ofensa, sino el hecho mismo y su incidencia general en una sociedad determinada. Los ofendidos extremadamente sensibles carecían de protección y eran simplemente considerados intolerantes e insoportables.

La educación y el respeto así entendidos brillaron en una sociedad que los nuevos inquisidores liberticidas, revestidos de falsa dignidad, censores, represores y soberbios en su autocomplacencia, creen que fue y se desarrolló en blanco y negro, que era paradigma de la tristeza y el miedo, que el temor era nota común en una ciudadanía desprovista de derechos. Y ellos vinieron a imponer las reglas nuevas, lo políticamente correcto, que se constituyó en un sistema de valores desprovisto de valores y propio de fanáticos, cuando no de estupidez, de incultura suma y de cinismo sin freno.

Los delitos de odio han sido la culminación de una sociedad que no solo tiene miedo a la libertad, sino que se deja manipular y caminar en una sola dirección considerando odioso o benéfico lo que así determinen los profetas de la buena nueva, los que derriban estatuas de quienes no conocen, censuran a tenores prodigiosos o queman libros en la hoguera de sus debilidades e ignorancia. Los nuevos talibanes son vulgares imitadores de los que hace años derribaron estatuas preislámicas en Afganistán. Nadie podía imaginar que veinte años más tarde, el fanatismo se instalara en sociedades presuntamente cultas y avanzadas y menos que partidos políticos en el gobierno apoyaran comportamientos tan primitivos y elementales, incluyendo la agresión al adversario.

Lo políticamente correcto y sus profetas, cuya relevancia social se mide en función de su capacidad de indignar a los propensos a la indignación, siempre prestos a encontrar taras en todo, se traduce hoy en una continua revisión de la historia, de la literatura, de las razas hasta extremos que quieren negar su existencia, de religiones determinadas, no todas, de sexos en un mundo animal que se reproduce desde hace milenios etcétera. Ellos, estos profetas deificados por sus seguidores ayunos de toda ideología y convicción, se consideran perfectos en una evolución de la historia que les habilita según sus propias y erradas convicciones a valorarse como la culminación de la cultura y la perfección social y, a tal efecto, desprecian a quienes nos precedieron negándoles todo valor y respeto. Niegan la historia y a quienes en ella destacaron porque se consideran mejores cuando, en la inmensa mayoría de los casos, son unos zoquetes. ¿Son mejores los políticos pregoneros de esta novedosa moral que Cervantes, que Colón, que Pizarro, que Ponce de León o Fray Junípero? Así lo piensan cuando no han hecho nada, ni inventado nada, ni creado nada. Se limitan a protestar contra el presente y el pasado y a exigir que la historia se adapte a lo que ellos desean que hubiera sido, con sus buenos y sus malos, los suyos, con sus esclavos selectivos y sus represores señalados, con sus héroes asesinos y sus asesinos santificados.

Quieren escribir la historia e imponerla a golpe de delito y, mientras tanto, de fuerza y derribo. Decidir quién tiene derecho a manifestarse y quién, por ejercer sus derechos fundamentales, es un provocador. E, incluso, atacar y agredir a los manifestantes opuestos a la estúpida y banal ideología excluyente que representan los "anti" característicos de lo políticamente correcto. Escuchar a Echenique tildar de falsa la agresión a una diputada de Vox es el paradigma de una moral algo más que laxa.

Lo políticamente correcto, visto así, se presenta, ahora sí, con una imagen en blanco y negro, triste y represora, selectiva, autoritaria y, lo peor, impulsada por gentes poco cultivadas en los saberes seculares que quieren ocultar y esconder, derribar y culpar de sus deficiencias.
Hagan una lista de personas que defienden esa cultura de lo políticamente correcto e indiquen su relevancia social, artística, cultural o económica. No creo que hallen otra cosa que vulgaridad insoportable y masa dirigida por demagogos que alcanzan su plenitud entre tanta mediocridad. La culpa es de una educación que niega el saber para imponer los valores en auge, demostradamente deficientes. Otra reforma de la educación se nos anuncia. Y mucho me temo que si seguimos unos años más por esta senda reformadora se prohibirá leer y escribir, pensar y disentir. Ese es el objetivo indisimulado.

(*) Catedrático de Derecho Procesal

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