27 de junio de 2020
27.06.2020
A babor

Brotes

27.06.2020 | 01:00
Brotes

Se está corriendo la especie de que los nuevos casos de infección por coronavirus son más leves que los que colapsaron nuestro sistema de salud al inicio de la pandemia. Es muy consolar decir eso, pero resulta que no es cierto. O al menos, no existe ninguna evidencia científica e que el coronavirus sea hoy menos infeccioso o menos dañino. Lo que sí está ocurriendo –según parece– es que está matando a menos gente de la que contagia. Pero no porque se haya vuelto menos agresivo, lo que sucede es que gracias al extraordinario esfuerzo de detección precoz y a la generalización en el uso de PCRs, los contagios se detectan antes de que hayan avanzado demasiado en el daño que provocan en los infectados, y también en más pacientes, más jóvenes, asintomáticos y con más capacidad de resistencia al daño. Además, ocurre que los sistemas sanitarios no están colapsados, hay más información sobre práctica clínica y algunos remedios parecen funcionar mejor.
Lo que ha disminuido no es la agresividad del bicho, sino –en términos palmeros– su 'andancio'. El confinamiento, la distancia social y las medidas de seguridad han reducido su expansión. El virus sigue moviéndose libremente, pero lo hace con menos intensidad, y eso tiende a crear una falsa sensación de seguridad que podría provocarnos algún futuro disgusto: desde que se inició el oximorón este de la 'nueva normalidad' (el concepto es uno de los eufemismos más estúpidos inventados por la 'neolengua' del sanchismo) se han producido más de cuarenta brotes, de los que alrededor de una docena siguen activos. No se trata de que sean muchos o pocos, eso siempre dependerá de con qué se comparen, pero –después de meses encadenando los peores récords– es fácil consolarse pensando que en otros lugares próximos –Alemania, Reino Unido, Francia– están peor que nosotros. Lo importante ahora es no refugiarse en las cifras, sino no bajar la guardia. Sinceramente, no creo que la situación actual sea ni de lejos para relajarse: la detección precoz es hoy la clave de la lucha contra el virus por parte de los sistemas públicos de salud. Diagnosticar rápidamente a quienes presentan síntomas, controlar los contactos de los infectados y evitar la expansiónb del contagio por personas asintomáticas. Eso se está haciendo bastante bien, de momento, porque la inmensa mayoría de los ciudadanos sigue entendiendo que el problema no está resuelto, que la dificultad persiste.
Hemos recuperado –parecía que no iba a ocurrir nunca– una parte de nuestra vida y de nuestra libertad de movimientos. Pero hay cosas que debemos seguir haciendo individualmente, cada uno de nosotros: mantener por sistema la distancia de seguridad, evitar aglomeraciones, reducir el contacto físico a las personas más próximas, protegerse con medidas de barrera cuando sea necesario€ y siempre lavarse las manos. Cuando se pueda, mejor con agua y jabón, a conciencia. Hacerlo todas las veces que uno entre y salga de cualquier lugar donde tenga la posibilidad de hacerlo.
Vamos a convivir con el Covid-19 y sus mutaciones, probablemente durante varios años. Algunas cosas no volverán nunca a ser exactamente como antes. Pero nosotros vamos a ser los mismos. De la responsabilidad de cada uno depende la seguridad colectiva. Depende que haya menos brotes, infecciones y muertes por esta enfermedad. Que vivamos con el miedo justo para no vivir aterrorizados, que podamos recuperar la economía y el trabajo. Porque esto ni ha acabado ya ni va a acabar pronto.

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