19 de junio de 2020
19.06.2020

Humboldt pagó la cuenta

19.06.2020 | 01:16
Humboldt pagó la cuenta

Asomado al mirador situado en la Cuesta de la Villa imaginaba el primitivo esplendor y la belleza natural del imponente Valle de La Orotava. Rodrigo sabía que tenía un balcón para recrearse y pensar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Por un momento imaginó viajar 300 años atrás y cambiar los hechos advenedizos que provocaron nuestro presente, pero su idea era mantener la historia inmutable y solo emplear el maravilloso ejercicio que regala soñar. Los viajes en el tiempo son matemáticamente posibles, pero en la práctica resultan complicados. Él intuía por la Teoría de la Relatividad de Einstein que moverse a grandes velocidades es un desplazamiento en el tiempo. Una persona que viaje a una estrella lejana volvería a la Tierra 10 años más viejo, pero podría encontrarse que en nuestro planeta han pasado mil años y habría llegado al futuro. Sin embargo, solo había tiempo para soñar. En el café Columbus de Puerto de la Cruz el tiempo parecía no correr. Todo se apaciguaba con el piano de Francesco, que saludaba a los clientes a la vez que acariciaba las teclas de su pianoforte. El código de vestimenta de Bentor no era el más adecuado, pero en las montañas de Taoro del siglo XV se estaba a la moda. Y ser mencey en esa época no era fácil, que los europeos daban bastante batalla. El Columbus era el lugar ideal para un prohombre como Alexander Von Humboldt, que pese al viaje nada placentero a bordo de la corbeta española Pizarro había tenido el tiempo justo para saludar al comandante general Perlasca y salir con Bonpland a herborizar por las cuestas cercanas al castillo de Paso Alto. La última en llegar fue Agatha Mary Clarissa Miller, vamos, Agatha Christie, que después de unas brazadas en el charco de La Coronela asistió a la cita bastante más recuperada de su desamor con Archibald Christie. Al principio costó un poco entenderse, porque entre un alemán, una británica y un aborigen canario, el único lenguaje que predominaba era su amor por Tenerife. Bentor y Humboldt se lamentaban de la especulación inmobiliaria, de la construcción masiva y de que la subida al Parque Nacional del Teide se había convertido en una romería. "Estamos diezmados, nos estamos refugiando en los altos de Los Realejos tras el desastre, pero no tenemos más salida que rendirnos; temo que si caigo se produzca el desmoronamiento de la resistencia guanche", explicaba lamentando la situación. La novelista pidió un té con leche, sin pastas. "Me apena que el Hotel Taoro esté tan abandonado. Tenerife cambió mi vida y fue aquí donde me recuperé de un fracaso amoroso y escribí la obra El misterio de Mister Quin; el Valle necesitaba mayor crecimiento urbanístico, no se puede vivir siempre anclado al pasado", aseveró. Tras varias horas de charla, los tres entendieron que su papel en la historia había sido determinante, pero el pasado ni se puede ni se debe cambiar. En la primavera de 1496 las tropas castellanas penetraron en Taoro. Los guanches del menceyato se habían refugiado en los altos de Tigaiga, pero poco después de la muerte de Bentor, los menceyes de los bandos de guerra se sometieron a Alonso Fernández de Lugo. En 1930, Agatha Christie se casó con el arqueólogo Max Mallowan, a quien acompañó largas temporadas en sus viajes a Oriente Medio. En la isla aprendió que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único con un busto suyo en el enclave portuense de La Paz. Humboldt se instaló en París para preparar la publicación en 30 volúmenes del material reunido en sus viajes, con una especial dedicatoria al Valle de La Orotava y a la belleza de su paisaje. Sonrió al saber que su legado en Canarias seguía vigente. Decidió pagar la cuenta y despedirse. El metre recogió el recibo y se percató de un mensaje escrito en el dorso de la factura: "Cuiden lo que tienen y protejan este paraíso". Cuando Rodrigo despertó todo seguía igual. El valle no había cambiado. Era la hora de volver a casa.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook