18 de junio de 2020
18.06.2020
Observatorio

Arquitectura de interiores

18.06.2020 | 00:54
Arquitectura de interiores

Cuando el hombre aprendió la utilización del fuego creó en el mundo un espacio que no existía hasta entonces: el adentro a salvo, el interior en sentido propio. Hasta ese momento todo el mundo era exterioridad a la intemperie, y ni siquiera las cuevas -el adentro de la tierra- eran habitables, porque su interior era el de la noche y el invierno perpetuos, el de la indefensión ante las bestias.

Adentrarse en las cuevas era embutirse en la entraña inhóspita del miedo y del desamparo. Pero, cuando el fuego espantó a las bestias y venció a la noche y al invierno, domesticó el espacio, es decir, convirtió el adentro en 'hogar' que, no por casualidad, significa el lugar del fuego. Su centralidad irradiante es la del calor, la luz y la defensa. Nuestras casas siguen consistiendo en el alcance del calor, de la luz y de la defensa mediante la última forma de domesticación del fuego, la electricidad.

El arte de construir pasa por saber controlar la capacidad destructiva del fuego, por domesticarlo, en efecto. Pero, al mismo tiempo, requiere saber evitar que el agua, el viento y la tierra misma derruyan lo edificado. Así que la historia de las artes constructivas ha consistido también en saber introducir el agua, el aire y la tierra en un espacio sin destruirlo y sin acabar con el fuego.

En la construcción, la gravedad que amenaza con aplastarnos es ella misma la que mantiene firme los pilares con el peso de lo que sostienen. El agua que diluye la tierra ha sido domeñada para endurecerla por efecto del aire y del calor del fuego. Lo fue en el adobe, pero es así hasta en los materiales de la arquitectura contemporánea. Tras una larga historia, hemos aprendido que el fuego hace con la tierra el cristal, el ladrillo y el acero, que son tierra fundida por el fuego y templada por el agua y el aire; y es el agua y la tierra lo que hacen el hormigón.

Como fuego, aire, tierra y agua son los elementos que simbolizan el universo, construir ha consistido en abrirle al universo un lugar bajo nuestro poder. Dentro no solo estamos a salvo del universo enfurecido en las tormentas, que son la fuerza del agua, el viento, el fuego y la tierra desbocados, sino que esa fuerza ha sido compuesta en nuestro favor. Erigir la casa es construir un universo en paz, y, en ese sentido, es como recapitularlo, como hacerlo reposar en el principio.

Y ese es, me parece a mí, el secreto que convierte a un espacio en interior, en casa: hay adentro donde se puede reposar en el principio y todo -el universo exterior y el interior- se recapitula y se regresa al principio desde el que, además, se puede volver a empezar.

De ahí los cuatro hábitos que hacen del hombre habitante y del espacio habitación: la comida, el sueño, el baño y la conversación. Por algo, las estancias interiores de las casas suelen diversificarse en dormitorios, baños, cocinas, comedores y estancias de estar. Y no importa mucho si están separados como espacios o como ambientes, por la construcción o por el mobiliario. Una casa en la que no se puede hacer alguna de esas cuatro cosas solo es una casa en precario, y sus habitantes solo disfrutan deficientemente de un lugar a cubierto en el mundo.

Por eso fue tan importante desde el punto de vista de la civilización del espacio la invención del agua corriente. Su implementación consumó la historia antropológica del espacio como habitación y del hombre como habitante, y que se extiende desde la domesticación del fuego a la domesticación del agua. Ahora nos cuesta hacernos cargo, pero hay algo de ennoblecido orgullo moderno en la forma con la que Victor Hugo celebra en Los miserables la red del alcantarillado de París.

Por eso consideraba Tony Judt un grave retroceso que el agua corriente hubiera dejado de ser potable en muchas ciudades. Si el fuego convierte el espacio en interior, el agua aporta tiempo a esa interioridad. Basta con reparar en lo que las fortificaciones preparadas para soportar largos asedios tenían que asegurarse de disponer: agua.

Se trata de un aspecto esencial porque la casa es un espacio generador de tiempo. Los que comen juntos, duermen, conversan o se bañan sobreviven al tiempo renovados, como nuevos. No solo a salvo del tiempo pasado hasta donde es posible, sino capaces otra vez de más tiempo nuevo, del por-venir. Es lo propio del hábito de donde surge etimológica y espacialmente la habitación: transforma el tiempo pasado con la forma de un aprendizaje o de una fuerza disponible para el futuro.

Por eso cabe definir la casa como el lugar al que se vuelve (Rafael Alvira), pero más en particular como el sitio donde se puede volver a empezar, porque a lo que se vuelve es al principio renovado por la comida, el sueño, el baño y la conversación. En ese sentido la arquitectura es ciertamente la edificación del principio o principal, como la misma palabra evoca desde el griego archi y tecton.

Pero, a diferencia de cualquier otra, la arquitectura de interiores es la del espacio y el tiempo de la intimidad como compañía y como soledad. Decía C.S. Lewis que los tres bienes que la política tenía que custodiar en el espacio de lo público eran la familia, la amistad y la soledad. Pues bien, esas son también las tres cosas que la arquitectura de espacios interiores tiene que hacer posibles.

Se comprende que el acto por el que se abre y se inaugura el adentro de la casa sea invitar. Es la invitación la que distingue al interior como casa del interior como madriguera o refugio animal. Y por eso la puerta como umbral del abrir y del cerrar es estructural en un sentido no meramente físico. El volver y el salir, el recibir y el despedir solo son posibles en el umbral entre el dentro y el fuera. En realidad, solo el animal que invita puede hacer arquitectura de interiores.

(*) Filósofo

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