No puedo respirar. La frase agónica de George Floyd es la expresión última de la asfixia global. La presión de la rodilla sobre el cuello impide la circulación del aire que necesitan pulmones, corazón y cerebro, como les ocurre a las sociedades a punto de ahogarse. A estas alturas, ya sabemos que la ventilación mecánica no siempre funciona, cuando las complicaciones vienen acompañadas por patologías previas en países que llevan años atiborrándose a pastillas neoliberales. El sistema inmunológico de la población no aguanta más embestidas, se cansa y termina agotado, tal es la realidad que subyace a la víctima de un bruto con exceso de colesterol en sangre. Que el asesino sea un policía de raza blanca, redondea la metáfora de lo que se cuece en la economía, la practica liquidación de la clase media. En EEUU, la atroz desigualdad y un significativo aumento de la pobreza se reflejan en la estadística nada casual que arroja una mayoría de fallecidos afroamericanos a causa del covid 19, al contrario de lo que sucede en lugares como España, donde todavía funciona un sistema mínimamente robusto denominado Sanidad Pública. A los que proclaman la grandeza del Estado centralizador, sugerirles que observen en su entorno cercano, cuando ellos, sus familiares o amigos, acudan desesperados al último bastión de la salud universal. Seguramente, la angustia inicial daría paso al imprescindible soplo de esperanza, en manos de profesionales armados hasta los dientes de calidad humana. Empatía y solidaridad, modelan las piezas del respiradero que aún asoma desde el fondo de un esfuerzo cívico arraigado en las cadenas de ayuda ciudadana. Lejos de aflojar, la gruesa rodilla del fascismo extiende su crueldad de clase con soflamas patrioteras. El discurso de la extrema derecha es claro y directo: bienaventurados aquellos que no pueden respirar, porque sobre su sacrificio construiremos nuestro reino.