Venía de lejos, pero a raíz de la pandemia que todo lo ha invadido, la universidad española, como tantas otras, se ha puesto en manos de la enseñanza online y parece que para quedarse. El resultado es el serio y grave debate sobre el futuro relativo a esta cuestión sustancial: ¿en qué proporción presencialidad tradicional cederá ante la irrupción de la enseñanza online? Porque ya no se trata de nuestra educación a distancia de tan buenos resultados ante situaciones inevitables: el asunto no va de este hallazgo tan feliz. Ahora lo que debatimos es la naturaleza misma de la universidad en una sociedad posthumanista o, si se prefiere, tecnologizada casi al completo. Uno, que ha trabajado toda su vida entre universitarios (profesores y alumnos, en España y fuera de España), desea entrar en el debate, no para instalarse en el pasado, antes bien para reivindicar el valor de las relaciones entre alumnos y profesor "in situ" y entre los mismos alumnos en el aula y en el campus.

A no ser que desmontemos, como venimos haciendo en otros órdenes de la vida, la concepción de la universidad como un ámbito en el que imparten conocimientos específicos, pero también se colabora a la formación de la persona en casi todas las dimensiones de su vida, mientras sigamos mantenido estas dos vertientes, el recurso online podrá ayudar sobre todo en una mejor instrucción cognitiva, pero en absoluto será capaz de sustituir la formación de la persona en cuanto tal. Porque lo segundo, cada vez más preciado en los países punteros, depende en gran parte de la relación entre maestro y discípulo y entre los discípulos entre sí. El icono físico del maestro (una educación magistral) significa el encuentro intelectual y emocional entre dos cronologías vitales, entre dos experiencias históricas y, sobre todo, entre una fuente de saber comunicado y otra de saber adquirido. Nada se diga del contraste que se produce entre los mismos compañeros/as de estudios, no solamente en las aulas porque mucho más en un montón de acciones desarrolladas a partir de las aulas y que forman a la persona para la futura socialización como profesional y como miembro de la sociedad plural en que vivirán. Para que nos entendamos, para nada niego todo lo positivo que encierra la información online, de tanta relevancia en una especialidad universitaria, pero en absoluto podría sustituir a la presencialidad del profesorado y del alumnado por las razones antes expresadas, si bien las clases magistrales pidan cambios metodológicos importantes. A las que añadir otra no menos relevante: es en el aula y en los encuentros extra aulas donde los alumnos y alumnas de diferentes extracciones sociales y no menos de puntos de vista también diferentes, donde se encuentran y puede que también aprendan a confrontar sus ideas y emociones. De lo contrario las clases sociales se mantendrían sin porosidad alguna y el ambiente familiar determinaría para siempre el futuro de los jóvenes a los que debemos cuidar como oro en paño.

Es una dimensión que solemos olvidar pero que la sociedad considera fundamental a la hora de apoyar los estudios superiores. Y nada de este punto de vista se viene abajo al enfatizar la Formación Profesional: en todo caso, nos llevaría a fomentar también en este caso la dimensión humanista de quienes la cursan. La cuestión atraviesa el conjunto de la educación en todo país que se precie de no haber entrado por la peligrosa senda de una tecnologización exagerada.

Claro está que el desarrollo que he escrito debiera contar con el apoyo de las autoridades universitarias y por supuesto del profesorado. Sin tal apoyo, será inútil todo lo demás. Lo que nos lleva a exigir una voluntad constatable del Ministerio de Educación, actualmente en manos de la señora Celaá, cuyas intenciones no se acaban de contemplar con la claridad deseable. Para nada me refiero al Ministro de Universidades, cuya relevancia en el actual Gabinete es mínima, como la del encargado de la cultura. Ausencias que producen una nube claroscura, sobre cuanto llevamos escrito. En España, el pensamiento crítico y la reflexión intelectual forman parte de esos daños colaterales que se soportan pero que preferiríamos dejar de lado. Solemos decir que "sirven para nada práctico". Mientras las ideas mueven el mundo. También el del dinero, supremo argumento para tantos.

Como atravesamos meses de reorganización de casi todo lo que forma el entramado de nuestras vidas, es también el momento de que nos posicionemos ante cuanto he intentado desarrollar en estas líneas. Por mi parte, queda clarísimo: educación online, la necesaria, pero el peso universitario siempre presencial. Otra cosa serán las posibilidades socioeconómicas. Es el momento de tomar postura.