Qué divertido es este país. Hasta el las peores crisis te da oportunidades para partirte la caja de risa. Estás mesándote los pelos de la calva pensando en cómo vas a llegar a fin de mes y en lo mal que está todo y sale el delegado del Gobierno en Madrid y dice que los escraches de gente frente a la casa del ministro socialista José Luis Abalos o de Pablo Iglesias son "grupos organizados".

A ver. ¿A este hombre lo han sacado de los candidatos al Nobel del este año? ¡Pero qué inteligencia!¡Qué agudeza! Se ha dado cuenta de que para ir a Galapagar a montarle un cristo a la señora Montero por fuera de su chalé, tiene que haber detrás una infraestructura política. Le faltaría añadir que se trata de un partido de derechas para que nos rindiéramos a sus pies como el inimitable y moderno Sherlok Holmes del análisis político contemporáneo. ¡Nos ha jodido el delegado! Y a los del escrache también, porque organizó un despliegue de la Guardia Civil a las afueras de la casa de Iglesias que parecía aquello las Navas de Tolosa, pero con los moros vestidos con sebagos y palos de golf. Los taxistas ricos, ya se sabe.

España se está radicalizando. Es lo suyo. Por un lado la ultraderecha. Por el otro la ultraizquierda. Por allí la CEDA. Por allá el Frente Popular. Lo extraño en la historia de esta cosa llamada España no ha sido la violencia, sino la tolerancia. El espejismo fue lo que vivimos durante unos pocos años, en la época de la transición a la democracia: aquellos años en que mientras unos pocos querían seguir matando, la gran mayoría decidimos entendernos en la diversidad. Lo normal en este país ha sido el sectarismo. En la política, en el fútbol y en la junta de vecinos del edificio, donde siempre hay cuatro pirados que quieren reventarlo todo. Es ese fanatismo que implica creerse en posesión de la verdad y despreciar la opinión de los otros. Primero nos insultamos y después, ya si eso, nos matamos. Recuerden que la última guerra que ganamos la perdimos contra nosotros mismos.

Con una dieta de pobreza solo engordan los extremismos. El perfecto populista florece en los tiempos más difíciles. Y nos esperan muchos meses y muy malos. Los mejores, para la ultraderecha y los comunistas, unidos en su odio a europa. Los mejores para las fuerzas independentistas que quieren provocar la quiebra del actual modelo del estado. Los mejores, para reclutar en las calles a miles de personas desesperadas que necesitan encontrar rápidamente al culpable de todos sus males.

Y mientras todo eso ocurre, la vicepresidenta, Carmen Calvo, ha descubierto, tras una sesuda investigación, el Código Da Vinci del coronavirus. Nueva York, Madrid, Teherán y Pekín se pueden unir con una línea recta. O sea, que el secreto de la plaga está en los paralelos. Eso ya lo habían anunciado Tales de Mileto y Les Luthiers. Es para llorar, aunque sea de risa. También se puede unir, con una raya, Bilbao, Madrid y Barcelona, y forma la sonrisa del Jocker, lo que explicaría el pacto con Bildu. Nuestros gobernantes se vuelven caricaturas mientras en las calles crece el paro y la indignación: el ambiente perfecto para el contagio del virus de la gripe más española. Esa para la que no existe cura ni vacuna. El de la gente que odia a los que no piensan como ellos.