20 de mayo de 2020
20.05.2020
Retiro lo escrito

Edad de Hielo

20.05.2020 | 01:42
Edad de Hielo

Todos los sectores y subsectores económicos reclaman ser salvados por el Estado. El Estado, por supuesto, es una manera elegante y respetable de llamar al Gobierno. También los medios de comunicación. Con una economía casi paralizada no cabe esperar la recuperación de la inversión publicitaria a medio plazo. Tal vez nunca. Hace unos días, según mi fea costumbre, visité a varios kiosqueros. Me señalaron los periódicos amontonados frente a sus narices y sentenciaron:

–La gente hasta tiene miedo de tocar los periódicos. Creen que el virus está ahí, entre los titulares.

–Como siempre.

–¿Cómo siempre qué?

–Nada, nada.

Se me antoja muy poco probable que ese temor desaparezca para siempre. No lo hará. En cambio es muy posible que la honda y estructural crisis económica a la que nos ha arrastrado la crisis sanitaria acelere la desaparición del papel como soporte informativo (y publicitario). Vamos a emigrar exactamente como en la última gran glaciación, la conocida como Edad de Hielo, los hombres y mujeres debieron emigrar hacia el sur. Otros lo hicieron hacia el este, por ejemplo, atravesando el estrecho de Bering, totalmente congelado durante varios miles de años y llegando a América. El destino es hace tiempo internet, pero no para practicar los viejos hábitos en una tierra nueva. No hay nada que comer durante el camino y en cambio puedes ser devorado en cualquier momento por tigres dientes de sable, es decir, por las grandes plataformas tecnológicas y por la potencia informativa, desinformadora y publicitaria de las redes sociales. Sin periodismo puede practicarse la política –en este país la hubo durante cuarenta años– como puede desarrollase una economía, pero difícilmente puede sobrevivir una democracia.

El periodismo contemporáneo se basó siempre en un contrato entre periodistas, empresarios y lectores. Dudo mucho que la publicidad regrese tampoco como soporte que mantenga un modelo de negocio periclitado y que hace años daba muestras de agotamiento. El pacto se debe refundar entre las empresas periodísticas y los lectores. La gente que protesta por los muros de pago establecidos por los medios de comunicación en la esfera digital no comprenden –como muchos periodistas– ni las dimensiones ni la velocidad de los cambios. No podremos instalarnos nunca más en una tranquilidad que nos permita ponernos las pantuflas y disfrutar de tardes libres y fines de semana suministrados por una mediocre nevera de reportajes almacenados. La lucha por la inmediatez será terrible, pero si se siguen leyendo periódicos –o como se quieran llamar– será por la resurrección del reporterismo, por ofrecer análisis y diagnósticos interesantes y seductores, por convertir tu oferta informativa en un eje de relaciones incesantemente renovadas con otras publicaciones y otras ventanas.

No hay nada seguro, sin embargo. El periodismo puede perder perfectamente, como las democracias parlamentarias y los sistemas de bienestar social pueden entrar en una obsolescencia económica, cultural o ideológica. Pero no queda otra que intentarlo, y si dentro de diez mil años encuentran en la red un cadáver helado que lleve una noticia o una columna bien escrita y guardada en el bolsillo.

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