16 de mayo de 2020
16.05.2020

Amor a primera vista

15.05.2020 | 23:51
Amor a primera vista

Ahora que sabemos, a la fuerza, lo que es pasar tanto tiempo en nuestros hogares, incluso en hogares que son de otros, no puedo dejar de pensar en las casas de mi vida, con las que, con frecuencia, he mantenido una relación más difícil incluso que la que se pueda mantener con la familia.

En los últimos veinte años he vivido en entresuelos y en pisos altísimos, en uno y otro lado del océano, en barrios obreros y de gente con posibles, gente que nunca era yo. Pero no me olvido de la primera casa que -ilusoriamente- fue mía. La única a la que pude acceder con mi sueldo de periodista recién aterrizada que, visto con perspectiva, veinte años después me parece un sueldazo. Qué tristeza.

La cosa es que mi madre me convenció, en aquellos tiempos en que todo era sencillo, para que me comprara un piso cerca del suyo. Tendría todas las ventajas que da la independencia, con el añadido de estar a dos pasos de su comida caliente. Comprenderán que era imposible rechazar una oferta como esa.

Así que me decidí, con toda la inconsciencia de mis veinticinco años. Y me hipotequé por un quinto minúsculo, destartalado y sin muebles de cocina que era lo único que podía permitirme. Cuando, por fin, con todos los trabajos del mundo, lo convertí en habitable, me trasladé.

El día empezó mal. No me había quedado mucho para la mudanza, así que llamé a una asociación que trabajaba con toxicómanos en rehabilitación, solo que los tres chicos que vinieron no parecían saber que estaban siguiendo un programa. Llegaron una hora tarde, fumadísimos y contentísimos. Mi hermana, que me acompañaba en el trance, les echaba miradas reprobatorias totalmente inútiles. Ellos habían venido a jugar. Y así se pasaron la jornada completa.

Total, que les ayudé yo a cargar mis muebles, mis cuatro cosas, temblando del susto por la que se me venía encima. Y se me vino. Ninguno de esos muchachos había hecho una mudanza antes, así que, a trancas y barrancas, después de mucho esfuerzo y unas cuantas broncas, varias garimbas y otros tantos porros, dejaron todo apilado en el pequeñísimo salón. Y salieron. Y cerraron. Y eran ya las tantas de la noche y la única llave que me habían dado los de la inmobiliaria la dejó el Trío Feliz dentro de la casa.

En su descargo he de decir que parecían tan afectados como yo. De otro modo, claro, pero afectados al fin.

Me senté, vencida y desesperada, a aullar en la escalera y se abrió la puerta de al lado. Entonces reparé en que allí vivía el equivalente al Gran Combo de Puerto Rico. Unas doce o trece personas en aquel piso ridículo que me invitaron, amables y festivas, hospitalarias, a entrar y compartir con ellos la rumba que sonaba atronadora. Les dije que les agradecía mucho, pero que ya había tenido bastante fiesta.

Entonces, Luci, la inquilina principal, me agarró por el brazo y me susurró al oído: "cuidadito, niña, la vecina murió sola en esa casa, sin cariño de nadie y de ahí no se ha ido. En ese pasillo la vas a ver cualquier noche".

Me dije a mí misma que Luci no parecía fiable y que las seis latas de cerveza que se veían a sus pies, a un lado de la puerta, lo corroboraban.

Pero había empezado con mal pie y con mal pie seguí.

La casa no me quiso nunca y después de meses oyendo ruidos absurdos, golpes imposibles de madrugada, vecinos que aparecían y desaparecían, puertas que se abrían y cerraban, decidí que pasar las noches atrincherada al fondo de la galería no era exactamente vivir.

Finalmente, abandoné aquella casa asumiendo que no nos tragábamos la una a la otra y me hice la firme promesa de que, para la próxima vez, tenía que ser amor a primera vista o no sería.

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